Mes: abril 2014

Las especies condenadas

serio
García Márquez dobla a la izquierda y se detiene, porque ahí delante está lloviendo. Ya no recuerda hace cuánto, pero por el barro en el que se hunden los portales, y por los cuerpos hinchados de los cerdos que flotan por doquier, supone algunos meses de diluvio.
La gente de Aracataca, que es la gente del mundo, le advierte que no siga, que los botes no son seguros, que deje de mojarse porque puede pescar un resfriado y que guarde de una vez los manuscritos que se están echando a perder por tanta agua salada que cae desde las mejillas de quienes alguna vez los leyeron.
García Márquez los mira y sonríe. Es que no entienden. Nadie entiende. Alza una mano y los mira. La dictadura ha mandado a exigirle que no siga. Las hormigas suben por su pantalón huyendo del agua, que ya comienza a embadurnarle los zapatos. El musgo cubre su antebrazo y siente en la boca un sabor a tierra y a cal de las paredes que inexplicablemente le gusta.
La multitud se aleja. O es él quien se pierde de a poco en el horizonte. Toda la vida, Fermina, alcanza a gritar. De aquel lado, las especies condenadas a la soledad no tragan en seco. No suspiran. No lloran. Leen.

Jugar a la mano

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Lo primero que hacíamos, antes de buscar una piedra plana, escupir una de sus caras y lanzarla al aire para ver quien bateaba primero, era escoger los equipos. Hasta tercer grado fui mantequilla, o caramelito, que significaba ser escogida la última y que los outs no eran realmente outs, pero esa fue la mejor manera que encontraron los grandes para integrar a un puñado de chiquillas a sus juegos. Siempre a la mano, porque con bate se nos hacía muy difícil, y los caramelitos podíamos lanzarla, con una sola mano, para tratar de que la pelota llegara al menos al pitcher que no pitcheaba, pero que era el tipo del equipo. (más…)

De cómo la tinta alcanzó a la carne

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Los primeros trazos lucharon contra las ganas de retroceder, de mantener la epidermis virgen de tinta y evitar el dolor. Porque en ese momento te duele todo. El pecho. Las uñas de los pies. La espalda. Y la cabeza. Pero sobre todo las piernas. Es como si perdieras el control de las piernas y te temblaran a ratos, mientras cientos de agujas penetran a un tiempo para lograr la perfecta simetría del dibujo. Y el ruido es insoportable. Por eso llevas audífonos, y te niegas a hablar para no contraer ningún músculo. Seguramente te dijeron que si te concentrabas bien la piel se dormía y dejarías de sentir. Supongo, por la sangre en tu labio inferior, que acabas de descubrir la mentira. El dolor es el mismo, no hay respiro. (más…)

Alteraciones del orden y otras utopías (#UnLibroACambioDeNada)

El microwave

suelta 14 Fotos: Fernando Medina

PROHIBIDO CRUZAR sin saber por qué lado
ir ni para qué PROHIBIDO ESTACIONARSE porque no puedes
parar la maquinaria infatigable con tu dedo
sólo porque te entró una astilla en el alma

Jorge Enrique Adoum

Cualquiera se deja caer por un parque del barrio para pasar el rato. Cualquiera se deshace de un libro que le estorba en casa. Pero cualquiera no se levanta una mañana de domingo para llegarse a un parque en el que dejará ir alguno(s) de sus libros queridos. Un libro querido es como un pariente… bueno, seamos honestos, es más que un pariente; se acerca más a esos amigos silenciosos que están ahí listos para sacarnos del apuro, sin importar cuánto tiempo llevemos sin verlos.

Realmente no tenía idea de cómo iba a reaccionar la gente a la convocatoria de la Suelta Masiva de Libros. Es muy fácil entusiasmarse con una…

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Bailar respirando yoruba

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Uno sube las escaleras frente a la Sala Avellaneda con los tambores ya entre las sienes y dobla frente al Café Cantante y atraviesa las oficinas del Teatro Nacional para llegar a las taquillas. Encima de las taquillas baila todos los días una compañía de danza. De ahí provienen los batá. Del segundo piso. Porque del tercero se desprenden las notas clásicas de un piano que se ahoga entre las barras y el linóleo. No perturbarían el folclor que emana de los cuerpos sudados ni aunque quisieran. Un profesor negro se contrae y luego abre los brazos y los mueve en ondas, al ritmo de la música, junto con los hombros y parte del torso. La mirada, impertérrita. Los músicos cantan a Oyá, pero yo creo que el negro tiene hecho Yemayá. O pudiera ser Obbatalá. Nunca acierto en esas cosas. Los demás bailarines lo imitan, pero el negro tiene la rumba metida en los huesos y se abandona y los abandona hasta que cesa la música.
Una veintena de californianos enmudecidos ha asistido a la clase. Algunos segundos de silencio después de los tambores indican que la clase ha terminado. Y luego los aplausos, in crescendo, llenan el salón. Convencidísimos ellos. Sofocadísimas ellas. (más…)

La Beca

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Al 7B y al 11B, cómplices

Uno no se da cuenta de que La Beca lo devora hasta que comienza a perder la mirada en el horizonte demasiadas horas demasiados días a la semana. Y lo peor de todo es que La Beca te devora despacio, sin prisas. Para que aguantes los cinco años creyéndola inofensiva, solícita. Al fin y al cabo es ella quien te está haciendo el favor. El grandísimo favor de permitirte vivir en La Habana, sucumbir a sus encantos y vanagloriarte de ello en el barrio del pueblo e invitar a los amigos a conocerla y colarlos en La Beca y sugerir rutas de guagua en las paradas para que lo crean a uno nativo.
Es justamente en ese punto que La Beca comienza a devorarte: cuando llegas a quinto año con la certeza de que uno debe, tiene, irremediablemente, que abandonarla para siempre e irse a cumplir, a pagarle a la patria durante tres años los estudios gratuitos. (más…)