La Beca

malecon
Al 7B y al 11B, cómplices

Uno no se da cuenta de que La Beca lo devora hasta que comienza a perder la mirada en el horizonte demasiadas horas demasiados días a la semana. Y lo peor de todo es que La Beca te devora despacio, sin prisas. Para que aguantes los cinco años creyéndola inofensiva, solícita. Al fin y al cabo es ella quien te está haciendo el favor. El grandísimo favor de permitirte vivir en La Habana, sucumbir a sus encantos y vanagloriarte de ello en el barrio del pueblo e invitar a los amigos a conocerla y colarlos en La Beca y sugerir rutas de guagua en las paradas para que lo crean a uno nativo.
Es justamente en ese punto que La Beca comienza a devorarte: cuando llegas a quinto año con la certeza de que uno debe, tiene, irremediablemente, que abandonarla para siempre e irse a cumplir, a pagarle a la patria durante tres años los estudios gratuitos.Y La Beca sabe, está segura, de que la mitad, más de la mitad, va a pedir, conseguir, pagar, mendigar un cambio de dirección para no tener que regresar al barrio del pueblo (donde no sé por qué siempre le preguntan a uno cuándo van a verle por televisión), totalmente derrotado.
Ya para ese entonces aprendiste que la panadería de 9na e I no cierra nunca, que si le das unos pesitos más a los negrones que amasan el pan te venden el suave que se acabó horas atrás, que el café de las tres de la mañana no desvela, que el laboratorio nunca abrió veinticuatro horas, que “arreglar” el picadillo del comedor es una aptitud y que se nace con ella, y que mientras tú vivas allí no van a reparar el elevador. Mucho menos instalar uno nuevo.
Y todo eso lo supiste con menos nicotina en sangre de la que pensabas. Un poco más al final, pero puedes culpar a la tesis. Ya para ese entonces, aunque te jodiera el aire insoportable de tu onceno piso, te habías rendido ante el terrible vicio de contemplar el mar. Un día despertaste a las cinco de la mañana y te asomaste al balcón. La luna más hermosa que viste en tu puñetera vida. Y otra amarillenta en el agua, imperturbable. Pero los sábados en La Beca no se quedaba un alma para contarle aquello. Un par de vietnamitas y la peruana del piso cuatro. Y esto, que nunca te había importado un carajo, te parece de pronto lo más patético del mundo. Como si te ahogaran tantos apartamentos vacíos al mismo tiempo, y La Beca no fuera La Beca, sino el barrio del pueblo un domingo por la tarde.
Entonces te da por pensar que La Beca trae todo aquello por defecto y que no importa si en Alamar o en el Vedado o en Santa Clara, siempre van a servir la peor comida del mundo, puedes resolver alcohol en el cuarto de los químicos, nadie se acuesta antes de las dos de la mañana y en todas, todas, se almacena comida sin refrigeradores y se cocina sin hornillas, ni reverberos, ni ninguno de esos aparatos que consumen más electricidad de la que cualquier beca puede asumir.
Cuentan que en los noventa las becas eran dulces antros destartalados poblados de muchachos flacos por el hambre o por el cigarro, donde se respiraba sexo hasta en las escaleras –especialmente en las escaleras– y se sudaba miseria. Al parecer ya para el 2008 las becas habían cambiado mucho, o a lo mejor la que había cambiado era la vida, porque aquello no se parecía tanto a lo que me habían contado.
A pesar de eso creo que fui realmente feliz. Y a pesar de eso no regresaría allí jamás. Demasiados libros ausentes sobre la litera, demasiado tiempo mirando el mar. Los ojos se irritan y se nublan. Debe ser el salitre. O el viento, que bate muy fuerte por allá arriba.

Foto: Maylin Guerrero Ocaña

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15 comments

  1. La beca se vuelve esa casa Diana, qué no olvidas y a la que no vuelves, y te jode, y hasta extrañas los 21 pisos escaleras arriba, abajo. Imborrables, amargos, estremecedoramente felices los recuerdos que me trae este post

      1. La gente es la que hace esos recuerdos imperturbables Diana, porque la gente en la beca era no sé, diferente?, en un sentido más puro puedo decir, la beca hacía buena a la gente, al menos a muchos amigos que pude hacer…

  2. mi vida, qué decirte si vivimos juntas tantos de esos momentos, la panadería y los refrescos gaseados de calzada y k, donde carlos tenía tremenda guara jajaja, las tandas de café, los cigarros y las representaciones de los guiones de tablas, los espaguetis en agua fría para que crecieran y las tantas historias que lanzamos al mar desde ese balcón del piso 11B.
    aunque de verdad creo que lo mejor es recordarlo y ya jajaja.
    lindo tu post, una máquina del tiempo 🙂

  3. eyyy q sorpresaaa!!!!! Lei esto el otro día y no pude adivinar de quien era y ahora la foto de cierto tatuaje te ha descubierto 😉 Me encantó todooo. Un bso grande y nos vemos el sabado en tu cumple.

  4. Diana, yo estuve en 12 y Malecón, desde el año 1994 hasta 1999. Qué podría decirte? Imagina esa época, en pleno periodo especial. Pero nada como eso, la beca por muy mala que esté se añora, los amigos, los enamorados, las fiestas, el malecón, los camellos o simplemente regresar caminando porque era imposible coger una guagua. Aprender a cambiarse con solo decir a los varones “miren para otro lado”, pues se vuelven hermanos. Colar a los amigos de otras becas, arreglar la comida del comedor con un poquito de cualquier cosa que le diera sabor. En fin, que me encantó tu post, tanto como el de la lista de espera, ambos me han traído recuerdos, buenos y malos, pero que te juro quisiera volver a vivir.

  5. Hace bien leerte, no conocia este sitio y de repente estoy enganchado contigo, eres muy buena escribiendo o sera la nostalgia, ummm, creo que ambas.

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