De cómo la tinta alcanzó a la carne

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Los primeros trazos lucharon contra las ganas de retroceder, de mantener la epidermis virgen de tinta y evitar el dolor. Porque en ese momento te duele todo. El pecho. Las uñas de los pies. La espalda. Y la cabeza. Pero sobre todo las piernas. Es como si perdieras el control de las piernas y te temblaran a ratos, mientras cientos de agujas penetran a un tiempo para lograr la perfecta simetría del dibujo. Y el ruido es insoportable. Por eso llevas audífonos, y te niegas a hablar para no contraer ningún músculo. Seguramente te dijeron que si te concentrabas bien la piel se dormía y dejarías de sentir. Supongo, por la sangre en tu labio inferior, que acabas de descubrir la mentira. El dolor es el mismo, no hay respiro.
Creo que a los veinte minutos el tipo pensó que te ibas a desmayar ahí mismo. Y te frotaba la espalda con un algodón mojado y te explicaba por qué ya no hacía demonios, ni ningún dibujo que infringiera medianamente su reciente afiliación religiosa. Pero tú no te hacías un demonio. Esperaste años para pincharte porque pasaron años antes de que supieras con certeza qué querías. Y lo concebiste en un P-2, en aquella época en la que te conformabas con entrar a cualquier teatro, así fuera el Hubert de Blank, a ver cualquier cosa, así fuera un tío Vania que avergonzaría al propio Chéjov. Ibas sola, te paseabas aparentemente distraída y fingías leer absorta las carteleras. Al final lo que importaba era entrar. Sentarte en el medio de la cuarta o quinta fila y esperar a que el pecho se adaptara a la ansiedad de ver la sala llenándose de a poco. Saborear cada parlamento y entornar los ojos para escudriñar en el rostro del actor. Enamorarte de cada personaje y repetir en la misma puesta seis veces. Y sucumbir al final a la mecánica necesidad de aplaudir de pie. Aún al tío Vania. Fue en el P-2 que decidiste poner todo aquello en tu cuerpo. Con tinta. Porque el teatro se te había metido ya en el cuerpo desde Lorca.
El lugar estaba impecable pero el tipo te dio mala espina. Sabías que al principio pinchaba con la zurda hasta que un accidente lo obligó a aprender a tatuar con la derecha. Se demoraría años antes de ser el mejor de aquella zona. Y para colmo, aquel día hacía un frío del carajo. Creo que no subía de 16. El tipo se puso guantes y te pidió que te quitaras todos los abrigos. Comenzaste a temblar antes de que la aguja te tocara y te repetías que debía ser por la temperatura. Cuarenta y cinco minutos después, con la espalda olorosa a tinta y sangre pensaste en el segundo. Te obsesionaste. Como si hubieras disfrutado cada inserción de la máquina en la carne. Llegaste al segundo imaginando el tercero y le diste gracias –o culpaste– a quien te hiciera periodista y te impidiera llenarte el cuerpo de colores y diseños.
Ahora te contentas con buscarlos en las calles y tomar fotos y preguntarle a la gente. No te concentras si no les preguntas. Y ante uno bien hecho te inclinas, respetuosa, aunque sea el tribal más repetido de la historia. Pero el tercero… con el tercero vas a vengarte de cualquier convención social, de cualquier tabú. Aunque tengas que regresar a Placetas y el tipo haya añadido a la lista otro par de diseños prohibidos.

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