Jugar a la mano

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Lo primero que hacíamos, antes de buscar una piedra plana, escupir una de sus caras y lanzarla al aire para ver quien bateaba primero, era escoger los equipos. Hasta tercer grado fui mantequilla, o caramelito, que significaba ser escogida la última y que los outs no eran realmente outs, pero esa fue la mejor manera que encontraron los grandes para integrar a un puñado de chiquillas a sus juegos. Siempre a la mano, porque con bate se nos hacía muy difícil, y los caramelitos podíamos lanzarla, con una sola mano, para tratar de que la pelota llegara al menos al pitcher que no pitcheaba, pero que era el tipo del equipo.

A los once años comenzamos a jugar a la mano solo los pequeños y me convertí en una de las capitanas. A la hora de escoger no había habilidades que considerar, primero escogías a tus amigos, aunque fueran pésimos, y luego te conformabas con lo que iba quedando. Las bases, solo primera y segunda, eran las columnas de los portales vecinos, y el home un ladrillo.

Por supuesto, no se jugaba por las carreras anotadas. Lo que definía realmente la victoria era quedarse bateando de último, y no servir luego al equipo contrario. Cansarse de jugar cuando le cogían a uno el tercer out y sentarse en la acera diciendo, ¡no jugamos más, y… ganamos! Sobre todo cuando jugábamos hembras contra varones. Ahí comenzaban las amenazas, pero lo más lejos que llegaron fue a botar la pelota para la cañada y quedarnos sin jugar semana y media, porque en los noventa no estábamos para romper una media todos los días y mucho menos para gastar el tape en cosas de muchachos.

Batear a la mano es fácil. Pero si la pelota es de tape la cosa se complica, porque generalmente son pequeñas y difíciles de ver y de acertar con el puño cerrado. Aún así era mejor que jugar al quiquimbol y patear una pelota de básquet medio desinflada. Aún así era más fácil que encontrar a alguien con una pelota de tenis que quisiera prestar.

A la mano también había reglas: el que botara la pelota tenía que buscarla, al cuarto foul era “out por regla” y el dueño de la pelota terminaba el juego cuando le daba la gana. Pero regularmente jugábamos felices un par de horas, hasta que alguien se raspaba la rodilla e iba corriendo a su casa a echarse algún líquido rojo-rosado que manchaba los dedos, o nuestras madres nos llamaban a gritos para bañarnos y nos pedían de favor que dejáramos de ser tan marimachas. Y nosotras pasábamos, obedientes, del béisbol callejero a jugar a las bolas.

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