Las especies condenadas

serio
García Márquez dobla a la izquierda y se detiene, porque ahí delante está lloviendo. Ya no recuerda hace cuánto, pero por el barro en el que se hunden los portales, y por los cuerpos hinchados de los cerdos que flotan por doquier, supone algunos meses de diluvio.
La gente de Aracataca, que es la gente del mundo, le advierte que no siga, que los botes no son seguros, que deje de mojarse porque puede pescar un resfriado y que guarde de una vez los manuscritos que se están echando a perder por tanta agua salada que cae desde las mejillas de quienes alguna vez los leyeron.
García Márquez los mira y sonríe. Es que no entienden. Nadie entiende. Alza una mano y los mira. La dictadura ha mandado a exigirle que no siga. Las hormigas suben por su pantalón huyendo del agua, que ya comienza a embadurnarle los zapatos. El musgo cubre su antebrazo y siente en la boca un sabor a tierra y a cal de las paredes que inexplicablemente le gusta.
La multitud se aleja. O es él quien se pierde de a poco en el horizonte. Toda la vida, Fermina, alcanza a gritar. De aquel lado, las especies condenadas a la soledad no tragan en seco. No suspiran. No lloran. Leen.

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2 comments

  1. García Márquez viendo llover sobre el caribe,…..y el amor sigue siendo, no importa en que tiempo, del cólera, internet o del SIDA,…

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