Nikhil

Casi treinta y seis horas después de haber iniciado su performance, Nikhil Chopra no luce descompuesto. Ni siquiera cansado. Tras los barrotes que le separan de la audiencia, Nikhil Chopra pinta. Está sentado sobre un lienzo y a la vez lo pinta. Lo llena con imágenes de esa Habana que tiene delante, que no es demasiada, pero al parecer le basta. Desde que comenzara a hacer La perla negra, en la 12 Bienal de La Habana, el mundo de Nikhil Chopra se ha convertido en una postal rojiza de la Plaza de Armas y sus alrededores.

Cuentan que al principio del performance Nikhil estaba todo arreglado, vestido con traje y guantes y maquillado como una mujer. Treinta y seis horas después uno pudiera preguntarse qué ha comido Nikhil –aunque de detrás de su cadera asoman unos plátanos y un mango–, o dónde ha vaciado la vejiga, o si de veras está aquí, en La Habana, porque su mirada sugiere un viaje lejos, mientras su cuerpo sufre –el cuerpo de Nikhil sufre, de eso no cabe duda–, la ansiedad de un puñado de ojos que se aprietan para verlo pintar, para verlo lavarse, para verlo dormir.

Pero es precisamente eso lo que busca Nikhil, como si el arte tuviera que dolerte –¿no lo dijo alguien una vez?– y fuera necesario, imprescindible, encerrarte durante sesenta horas ininterrumpidas en una jaula para experimentar nuevas relaciones con el espectador. Siempre será mejor que colgar diez pinturas en una galería y esperar las críticas, ¿no? A lo mejor eso piensas, mientras le das una ojeada rápida al Templete y agregas unas pintitas rojas al lienzo.

No he logrado verte bien el rostro, porque a estas horas andas completamente enfrascado en tu pintura. Pero puedo adivinar, por tus ojos, bajos, que el maquillaje está casi intacto. Como las medias. Como un par de objetos que han sido dispuestos dentro de la jaula para hacerte la estancia más llevadera y al parecer no lo recuerdas. O prefieres no hacerlo para que no te distraigan.

Treinta y seis horas después quiero hacerte mil preguntas, pero no me atrevo a molestarte. Sería como esos imbéciles que responden desde sus asientos a los actores en medio de un monólogo. En cambio doy vueltas alrededor tuyo, paseando los dedos por los barrotes, intentando encontrarle sentido a estas ganas inmensas que me han nacido de repente.

El candado de la puerta me trae de vuelta. Y no me mires así, si tuviera éxito no podrías hacer nada, o echarías por la borda –si me echaras–, treinta y seis horas y tu primera Bienal de La Habana, que al final no es lo importante, ya lo sé, pero tú me entiendes. No, yo no sé pintar, pero podría hacer otras cosas. Nada a lo Marina Abramovic, por supuesto. Pero sería genial ser presa de tantos ojos por decisión propia. Ustedes me miran porque me da a mí la gana… o algo así. Y tener el control a medias, sin creerte completamente que eres el dueño de la atención de toda esa gente, y sujeto a esas malditas sesenta horas.

Quiero verte mañana, pero no sé si vendré por acá antes de que recojas y te largues a la India, con todo y tus zapatos de tacón blanco y tu jarra de agua que se calienta al sol. Y me temo que del lado de acá de esos barrotes ya no sería lo mismo, Nikhil, ya no serías el mismo. Ya de nada serviría preguntarte qué nos ves, Nikhil, que estás sacando de todo esto, qué permiso le dimos a tu arte para hurgar tan dentro de nosotros sin que lo notáramos apenas, para que bastara una jaula y un hombre y sus dos ojos para hacernos sentir tan chicos y tan solos y con tanto miedo.

Date la vuelta Nikhil, que ya no quiero mirarte de frente, me recuerdas demasiado toda el agua que nos rodea. Como decía Virgilio. No el de Dante, no, uno nuestro. ¿De eso se trata, Nikhil? ¿Has venido a decirnos, sin pronunciar palabra, que el mar nos está ahogando desde hace siglos? Te miro por última vez y me marcho, porque ya me empieza a doler la insularidad, sobre el ojo izquierdo, donde se me enquista la migraña a cada rato.

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