Au revoir, mon ami

Habíamos quedado sobre las nueve y media de la noche porque yo tenía que cubrir una inauguración súper importante a las ocho y me había asegurado además unos quince minutos para cambiarme de ropa. Era jueves y era el Submarino amarillo. Sobre la mesa una tres años por la mitad, dos refrescos y algunas aceitunas. Viejos temas de rock and roll al fondo y un aire pesado que nos envolvía a los cuatro.

Quería empezar diciéndole cuánto iba a extrañarlo, pero bastó con mirarnos para saber que no debíamos hablar. Ni esa noche ni ninguna otra. En ese momento parecía lo indicado, pero ¿cómo puede una saber qué está bien y qué no lo está con el alcohol y la madrugada y el feeling amargo de que un trozo de tu vida se irá volando en Interjet en unas horas?

Diez años, Negro, quise decirle y me callé. Los carnavales, las clases de casino —¿viste que la alumna supera al maestro?—, el aéreo, el autoservicio y el segundo piso con Chelo, quise decirle, y me callé. El guaguancó que se nos quedó pendiente, las noches en tu casa que me enseñaron a ignorar el primer tren de la mañana, las caldosas improvisadas y las playas borrachas. Y el café y los cigarros y la gastritis y el hueso de tigre. Todo me lo callé, Negro, hasta hoy. Que estás lejos y ningún tipo me conoce como tú y ya nadie me timbra quince veces al día ni me hace azuquita para el café.

Me gustaría decir ahora que estuvo bien aquella despedida. Que no fue necesario todo el drama, ni las lágrimas, que salieron cuando ya estabas lejos y aún seguías el hilo de nuestra conversación. Que todo lo que siempre quise decirte de alguna manera lo sabías ya. Que cuando volvamos a vernos traes la camiseta que me robaste, muy usada y con olor a ti, pero me la regresas. Y que no pienso recoger el cepillo de dientes que tengo en tu casa. Y que te amo, mon ami. Sé feliz. Ya nos veremos las caras.

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4 comments

  1. Coño Diana, qué lindo. Yo que conozco ese Negro, el aéreo, el autoservicio, el segundo piso con Chelo… me llega de cerca. Pero sobre todo porque a esta edad también conozco lo que es ver partir a otras tierras a un ser imprescindible. Aquí, en Cuba, llega un momento en que todos tenemos nuestro ausente, nuestro “Negro” que ya no va a marcar al móvil quince veces al día. Tenemos a alguien que se lleva nuestra alma a otras tierras para siempre.

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