Loop

La cosa viene siendo más o menos como sigue: conoces a un tipo que te gusta medianamente. Que te gusta lo justo, digamos, como para disfrutar el rato que lleva bajar cuatro cervezas para perder gradualmente la pereza de las primeras conversaciones, y decidir si vale la pena un último café en tu casa, sobre las dos de la mañana.

Digamos entonces que sí, que todo funciona como para que amanezcan juntos en una cama debidamente destendida y alguna que otra marca en las carnes. Otro café, sobre las nueve de la mañana y un beso en la puerta. Sobre las diez y media te vas al trabajo y sobre las doce repasas un par de momentos de la madrugada. Te dices que estuvo bien, te justificas aún cuando sabes que no tienes que hacerlo. Sobre las cuatro y veinte sentiste ganas de mandarle un mensaje. Nada demasiado intenso. Alguna referencia a los temas de aquella conversación. Algo como “Tenías razón, la canción de José José se llama Almohada”, o “Te dije que Daniel Day Lewis tenía 3 Oscars, no 2”, seguido de un “nos vemos por ahí”, punto, “Beso”, en singular, porque sabes muy bien que el plural es para el usuario medio general y “besito” dice WELCOME TO THE FRIENDZONE, en mayúsculas y todo. Sobre las seis o siete de la tarde te responde “jajaja, lo de tu OCD era cierto! Nos vemos en estos días, bso”. Nice. La cosa va bien. Al menos parece que van a doblar. Sobre las diez y cuarto de la noche se te ocurre que, bien pensado, el tipo solo te gusta medianamente, como al principio, y que, a pesar de que el sexo estuvo bien, no te ves ni siquiera en una segunda cita. Ese pensamiento te molesta, lo espantas. Vuelves al sexo. Algo para salvar.

Messenger hace el resto. Logras armar una especie de rutina en la que ambos van descubriendo cosas del otro. Hablan de música, sobre todo, y de series de televisión. Hablan de los ratones que habitan tu casa, de los lugares donde han tenido sexo antes, de los amigos que están lejos y de los que ya no son amigos, de su última discusión en el trabajo y a medida que te cuenta te percatas de que no te interesa nada de lo que estás leyendo. Que mientras eres tú la que escribe todo está bien, pero que leer quince mensajes que describen la discusión más absurda del mundo, te exaspera al punto de cerrar el chat y retomar la pestaña de Jot Down que anda por una de las esquinas del navegador.

Para ese entonces ya has hecho al menos cuatro de las siguientes cinco cosas: 1. Has cambiado su nombre de contacto por un apodo; 2. Has bajado una foto suya y la has puesto como foto de contacto; 3. Si te timbra, le cuentas a tus amigas, si te manda un sms le cuentas a tus amigas, si está viendo Breaking Bad por primera vez, le cuentas a tus amigas; 4. Repites constantemente que sí, vale, pero es solo sexo, no me gusta tanto; 5. Pero te comportas como si estuvieras frita a la mantequilla. Y lo peor es que no lo estás. Lo peor, lo más patético en toda esta historia, es ese bicho carmelita que se llama conformidad y que se te ha clavado en las rodillas desde el día cero. Lo peor es que, de vuelta a tu casa cada tarde, no hay alguien esperando en el sofá con un capítulo de The Wire en punta y una discusión ―otra más― sobre qué carajos le pasó a U2 del 95 para acá. Alguien que quiera llevarte al Latino y enseñarte a nadar de una vez.

Eventualmente dejas de escribirle y no vuelves a verlo en meses. Entonces vas a un bar y conoces a un tipo que te gusta medianamente.

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