Destender la cama hasta la mitad

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Cuando le habías cogido el golpe a destender la cama solo hasta la mitad y ahorrarte qué sé yo, veinte segundos en la mañana, llegó para arrancar la sobrecama de un tirón y dejarla caer hecha un bulto estrujado y rojo en una esquina del cuarto, acelerando tu OCD y otras cosas.

Al principio te gustaba dormir en el centro de la cama, con una almohada debajo de la cabeza y otra para abrazar, pero no en plan sustituta de nada –ni de nadie–, realmente lo hacías por comodidad. Pero una noche trabajaste hasta muy tarde con la laptop encima de la cama. Transcribías alguna entrevista de casi dos horas seguramente, o terminabas algún texto cuyo deadline había pasado hacía un par de semanas, no recuerdas. El caso es que entre el sueño y la cervical y la hora y los mosquitos y que mañana tienes que madrugar y el precio de la cebolla por las nubes y el neoliberalismo y lo malas que siguen las guaguas, decidiste ocupar solo la mitad de la cama y dejar la laptop y los espejuelos en la otra, encima de la mitad de la sobrecama sin destender.

Te pareció una maravilla levantarte por la mañana y con dos movimientos tener la cama en orden otra vez. Te pareció que podías hacer eso todas las noches a partir de ahora cuando durmieras sola. Te pareció que destender la cama hasta la mitad podía ser un gesto, una filosofía, y se sintió bien. Algunos iban a decir que era pura vagancia, que no inventaras, pero eso no estaba tan mal. Te pareció que era una señal de que estabas disfrutando tu soledad y se volvió a sentir bien. Cualquiera no podría perturbar aquello. Te prometiste eso.

Entonces llegó, un jueves te parece que era, y haló desde una esquina para descubrir la sábana de florcitas y mariposas –así como suena– y la sobrecama fue cayendo al suelo, frente al espejo crees recordar, donde cayeron quizás la ropa y los aretes y el gesto.

Volvían a ser seis, y no dos, los movimientos para tender la cama en las mañanas. Ahora con veinte minutos extra para despertarlo y lograr sacarlo de ella. Volvías a dormir en el centro, pero ahora él usaba la segunda almohada y tú buscabas la comodidad en su cuerpo. Había días –los mejores–, de no recordar siquiera dónde quedó la sobrecama roja. De no necesitarla en todo el día. Y luego hubo una mañana en que te fuiste al trabajo sin tender la cama, después de dejar la sobrecama en una esquina, sin ánimos siquiera para desdoblarla y cubrir con ella las flores y las almohadas. Sin ánimos para vestir aquel colchón solo hasta la mitad a partir de ahora. Sabiendo que tendrías que volver a creer en la filosofía y los veinte segundos extra por la mañana y en el gesto.

Yo, que te conozco y conozco tus rituales antes de dormir, sé que no has vuelto a creer del todo. Que hay días en que destiendes y te acuestas en tu mitad y te duermes muy rápido y tienes sueños estúpidos. Y hay otros en que halas la sobrecama desde los pies y la envuelves hasta formar un bulto que colocas con cuidado encima del buró, y te quedas rendida en el medio, horas después de haber apagado la luz. Lo que no has vuelto a hacer, nunca más, es tirar la sobrecama en el suelo, frente al espejo.

No podrías volver soportar ese desorden rojo a tus pies.

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6 comentarios en “Destender la cama hasta la mitad

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