Notas de viaje

Querido M.,

Ayer me senté casi tres horas frente al mar. Era un mar agreste, de olas groseras que se alzaban frente a mí y que, sin embargo, cuando me acercaba a ellas, no se atrevían a mojar mis pies. En esta parte del norte de Brasil, al mar le creció un buen día un banco de arena de kilómetro y medio de ancho, que divide las aguas y parece un desierto de conchas y sal. Uno atraviesa entonces las primeras aguas en el bote de Val, cuidando de balancear el peso al compás de la corriente, y luego camina hasta llegar a la playa, hundiéndose casi hasta el tobillo en la arena gris, ardiente. Era la primera vez que lloraba desde que nos despedimos en tu casa aquella tarde. Me envolví la cara y los hombros en un pañuelo multicolor que había comprado para unas amigas antes de que consiguieran una bandera real del pride, y simulé dormir por un rato, mientras los demás se hacían fotos y nadaban sobre las olas.

Para llegar aquí volamos dos horas desde Río de Janeiro y atravesamos luego unos sesenta kilómetros de carretera en dos autos cargados de frutas, verduras, agua, pastas, toallas, sábanas y rollos de papel higiénico. Estamos en Boca da Barra, Sergipe, uno de los estados menos conocido del norte brasileño, en una casa de tejas y piso de cemento. No hay televisión, ni wifi, ni refrigerador. Tenemos una nevera de poliespuma llena de hielo y sal para preservar algunos alimentos, y hamacas por camas. Dormimos en el portal que rodea la casa, custodiados por dos horribles leones de madera y por Val, que viene cada noche y se queda muy quieto cerca de nosotros, velando nuestro sueño. Nos acostamos siempre antes de las nueve, y despertamos a las cinco y media, cuando ya el sol ha calentado las hamacas lo suficiente como para sacarnos de ellas. (Aquí amanece a las cuatro y veinte de la mañana y oscurece a las cinco y media de la tarde. No creo que pudieras sobrevivir en un lugar como este.)

Paso los días –en este minuto en que escribo quedan seis para regresar a Río–, leyendo un libro fabuloso de Juan Forn que conseguí en Chile por cinco mil pesos y que reúne algunas de sus columnas en el diario argentino Página 12 (he descubierto la fascinación de Forn por la historia y la cultura ruso-soviéticas, y por la Europa de las guerras); duermo a ratos, en cuanto el sol desaparece de mi hamaca; y fumo hollywood verdes que compré en una gasolinera de Penedo por siete reales cincuenta.

Había olvidado cómo era tener tanto tiempo libre. Y me ha hecho mal. He vuelto a pensar en nosotros. En el nosotros que pudimos ser, se entiende. En las mañanas que quisiera despertar junto a ti. Aun cuando yo haya venido despertando antes que tú durante toda la vida. En tus ojos, dos escarabajos pardos de esos que entran a la casa cuando es húmedo y hay poca luz y buscan quedarse quietos debajo de los muebles.

Santiago apenas me permitió recordar. El intenso trabajo ocupaba mis días desde las siete de la mañana con excursiones a los lugares que, por demás, serían los lugares de obligada visita en una ciudad desconocida. Las noches alcanzaban solo para un par de cervezas y un paseo entre los artesanos de Lastarria, nunca los mismos, pero siempre envueltos en humo de cannabis y ropa y libros usados y aretes hermosos hechos con materiales baratos. Allí conseguí, una noche camino a la cena, una edición pirata del 2666 de Bolaño por siete mil pesos. La misma que se exhibía dos cuadras más arriba en una librería por veinticuatro mil. Había además libros de Lemebel y Cortázar, que dejé esperando encontrar a la vuelta, pero para entonces los chicos ya se habían marchado huyendo de los carabineros. Más de la mitad del dinero que gasté en Santiago (es caro Santiago, Lastarria más), lo gasté en libros y cerveza artesanal. Lo haría de nuevo, sin pestañear. No voy a recordar más a Santiago por tener un magneto en mi refrigerador que diga I LOVE Chile. Me gustaría, sin embargo, iniciar una colección de tazas. Comprar una en cada ciudad que visite a partir de ahora, y llenar mi –futuro– apartamento con ellas. Y que las visitas tomen su café y su té directamente de Lima, Río, Buenos Aires, Barcelona, New York.

Santiago cumplió, es justo decirlo. Yo había dejado caer toda la presión de mis veintiocho años sin salir de la isla en una ciudad que me recibiría en los inicios de la primavera más fría que he conocido. Una ciudad que anda despacio, que a veces no pareciera llevar sobre los hombros el peso de tantas muertes y desapariciones y que, otras, pareciera hundirse en las fosas comunes, donde crecen las flores más hermosas de todo el continente.

Río fue otra cosa. Apenas pude conocerlo (qué raro cómo uno piensa en algunas ciudades en femenino y otras en masculino); aterrizamos junto al mar al amanecer, vimos el Cristo y el Pan de Azúcar desde el aeropuerto y, a falta de un guía que nos ayudara a evitar los muchos peligros de los que todos nos advirtieron desde que llegamos, nos encerramos durante tres días en un apartamento en el mismo centro de Copacabana. No puedo siquiera comenzar a describir lo que aquella reclusión hizo con mi hambre de viaje. La impotencia de no poder salir a explorar, a conocer personas y lugares, me abatió desde el anochecer del primer día. La falta de café hizo el resto. Los brasileños toman un café aguado —colado, le llaman—, a medio camino entre el americano y el instantáneo, y los expresos en las cafeterías no son mucho mejores. De Río conozco entonces tres o cuatro manzanas y kilómetros de playa. Algunas tiendas de trajes de baño y las mejores caipirinhas de la historia.

Al amanecer del cuarto día volamos a Sergipe y ha sido la frustración, lo confieso, la que me ha llevado a narrar algunos pasajes de este mi primer viaje. Eso y la recomendación de mi amigo Rodrigo Hasbún, el escritor boliviano, de que iniciara un diario desde el avión que recogiera este mes fuera de Cuba. Tiempo no he tenido para ello. Y escribir en retrospectiva hoy todo lo que ha acontecido desde el dieciocho de octubre que aterricé en Santiago suena agotador.

(No he mencionado Valparaíso, una ciudad pobre que se cansó de lucir pobre y un buen día comenzó a llenarse de colores hasta que no quedó una sola pared sin grafitear —grafitis de verdad, no aquellos sin mucho esfuerzo de La Habana. Ahora sigue siendo pobre, pero ya no lo aparenta. Algunos dirán que eso es suficiente. En Valparaíso subí cerros y descubrí mensajes en muros y escaleras que hubieras amado: letras de canciones de Calle 13 y otros: “cultiva anarquía para cosechar amor”, “deambular para flotar mejor”, “libera tu ano”. Pobres, pero tienen muy claras sus prioridades, me parece a mí. Y eso es hermoso.)

Pero aún estoy sentada frente al mar. Aún no han transcurrido las tres horas que estaré allí, mientras los demás se hacen fotos dentro del paisaje, que es abrumador, y yo miro al sol bajar lentamente sobre el bote que nos trajo hasta aquí y que desde donde estoy sentada se ve minúsculo. La última vez que estuve más o menos así estabas sentado a mi lado. Era Varadero y era de noche. Descansaste tu cabeza sobre mis piernas y traté en vano de mostrarte la única constelación que puedo identificar en un cielo más o menos despejado. Nos besamos en la orilla y regresamos apurados a la casa, por los mosquitos y las ganas y el frío. A veces quisiera volver a despertar allá, con las demás jugando rummikub junto a la piscina y yo susurrándote al oído que son las diez, M., por favor, levántate, que hay sol, y nos lo estamos perdiendo. Otras veces quiero pensar que volveremos a ser, y que para ese entonces sabremos cómo hacerlo. Para ese entonces tú tendrás al menos medio diseño de tu manga izquierda concebido y yo, al menos, mi Ay, la vida en caligrafía de Santi junto a alguno de mis lunares. Otras veces no pienso en nada. Ni siquiera en tu lengua bajando por mi cuello, o en tus dedos, que tuercen despacio un mechón rojo de mi pelo mientras te vas quedando dormido encima de mí.

Son apenas las seis y es noche cerrada en Boca da Barra y de alguna manera he terminado dirigiendo a ti estas notas de viaje, sin saber siquiera si las leerás. Pienso en todas las cosas que aún no te conté: el vino chileno y los pisco sour a toda hora, el ceviche, las frutas que he descubierto, el color de la arena en Ipanema, cómo los chilenos cuidan a sus perros callejeros –sus quiltros–, las tiendas de música de Lastarria, la yerba chilena y la brasileña, mi nueva adicción a las semillas de marañón, la noche que un newyorkino de casi setenta y cinco años quiso darme una propina de veinte mil pesos y no acepté, el día que subí al mirador más alto de Latinoamérica y me senté en el suelo a mirar anochecer en Santiago desde trescientos metros de altura, la noche que salimos a piropear chilenos después de que nos advirtieran que era ilegal, o el día que pensé en ti, mientras buscaba en mis bolsillos todas las monedas que me quedaban para regalarlas a una niña que tocaba el violín en la acera…

Si has llegado leyendo hasta aquí probablemente te deba una disculpa. O no. No sé a estas alturas si una disculpa tenga más sentido que estas notas. Espero que alguna cosa, de vez en cuando, también te haga pensar en mí: una playa virgen en el Atlántico, una historia de amor asiática entre un rey, su reina y su guardián, Orión, o un ay en el momento justo. Eso bastaría.

Sergipe, noviembre de 2018

 

Anuncios

Un comentario en “Notas de viaje

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s