Era domingo

Mientras cocino —hígado a la italiana, frijoles negros para congrí—, he traído la laptop al comedor y he abierto el pocket. Ochenta y tantos textos por leer de los que tengo guardados. De ellos, los últimos cinco se convierten en rayitas que dan vueltas en círculos sobre un fondo gris. Debo haberme quedado sin conexión antes de que se descargaran en la aplicación del escritorio. Desisto y voy a alguno más viejo. Alguno de los que se habló y se comentó en las redes hace semanas. Leo y entiendo de qué iban los diálogos y los comentarios de entonces.

Al fondo toda mi música en aleatorio, un ejercicio estupendo que cada día me da más placer. Suena Benny Moré y suena Silvia Pérez Cruz —as we speak—, suena algún hit popero de hace diez años, debe ser la carpeta de Glee. No le doy paso a casi ninguna canción. A veces abro el reproductor, minimizado en la barra, para leer el nombre del tema o del artista. Descubro, descubro. De vez en cuando me paro y revuelvo con una cuchara de madera que lameré invariablemente hasta que las vísceras estén listas.

Miro afuera, por si ha empezado a llover otra vez y debo correr a recoger la ropa. Ha sido así todo el día. Pasé dos pistas de Candy Crush en uno de los escampones, sentada junto a la ropa húmeda. En una de ellas llevaba trabada más de una semana. A veces es así con los juegos de juntar figuritas, si no te caen buenas opciones de juntar, no hay modo de pasar la pista. Es mitad suerte, mitad habilidad. Pero yo soy muy hábil en esos juegos, así que debe ser lo otro, lo de la suerte.

Tuve que bajar a comprar hupmans en un bar, porque no había fumado en todo el día y ya tenía ganas de hacerme otro café. Allí los hupmans cuestan un peso, pero es mejor que subir hasta Loma por treinta centavos de vuelto. Para bajar a comprar hupmans tuve que cambiarme de ropa, porque la que tenía estaba empapada de lavar —como si hubiese restregado la ropa a mano—, y al regreso me quedé fumando en la escalera, con la ropa limpia de bajar a comprar.

En otro de los escampones comencé a leer el Demasiada felicidad de Alice Munro. La primera historia es un puñetazo en el estómago, pero no la voy a contar aquí. En el kindle tengo una carpeta de recortes, que son las citas que voy marcando en los libros que leo. A veces la abro y releo cosas como esta: “Nos emparejábamos por azar. La persona con la que uno acaba teniendo hijos y cumpliendo los ritos de paso por la vida adulta no surgía después de un exhaustivo rastreo o de una ponderación muy meditada: era la persona que estaba allí cuando querías dejarlo estar. La vida adulta era toda ella un dejarlo estar”, subrayado el 29 de julio de 2018 poco después de las once de la noche. Me pareció asquerosamente realista. Odié haber leído ese libro entonces y volví a odiarlo ahora.

Quise ver algún noticiero, quise ver las películas que pone multivisión los domingos, pero la cajita no capta ninguna señal desde hace días. Tengo que acabar de subir la antena a la azotea del edificio. Vuelvo a repasar la ropa, tengo otra tanda idéntica sin tender porque no me alcanzaron los cordeles, y me doy cuenta de que olvidé lavar la colcha, mierda, otra semana forrada de ropa bajo las sábanas. Detesto dormir con tanta ropa. De chiquita no me gustaba siquiera usar medias para dormir en invierno, amanecía siempre sin ellas, o con una sola a punto de salírseme del pie.

Reviso las últimas películas que me han copiado, no me apetece ver ninguna por los títulos. Enciendo los datos, respondo mensajes, posteo cualquier cosa. Mi madre querrá que la llame más tarde, después de comida preferiblemente, cuando ya no tenga nada más que hacer. No la veré hasta marzo, que es cuando regresa de Miami, y yo vaya a Santi Spíritus para estar con ella un par de días.

Apago el fogón y sofrío los granos de los frijoles para poner el congrí, veinte minutos y ya podré comer, para salir de eso, como decía mi abuelo (acabo de recordar que anoche soñé con mi abuelo). Tengo ganas de salir a tomarme una cerveza en el Vedado, pero mañana es lunes, qué vieja estoy. Igual no puedo dejar la ropa tendida en el balcón e irme, qué vieja estoy.

Más tarde, cuando me dé hambre otra vez, voy a hacer batido de plátano, con mucho hielo y poca leche, a ver si así me gusta, y voy a poner The killing of a sacred deer, aunque me advirtieron que no hay que verla con este mood de domingo triste. La voy a poner precisamente por eso.

Me gustaría hacer una natilla también, pero no tengo huevos, ni ganas de comerme una natilla yo sola, la verdad. De lo que tengo ganas es de regresar a aquellos días, pero ni aunque hubiese comprado huevos podría. Igual no sé qué habría hecho diferente, si un caramelo más pasado, o ponerle menos azúcar, o galleticas, o no sé.

No pensar en eso.

No pensar en nada.

Aliñar la ensalada y quitar la presión a la olla.

You can´t always get what you want en el aleatorio, por mi madre, You can´t always get what you want y yo sirviéndome la comida.

3 comentarios en “Era domingo

  1. Sí, a veces los domingos nos sacan de la ilusión de que somos felices… o nos recuerdan que la felicidad es a veces mucho más compleja que lo que imaginamos jamás… o más simple…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s