Resumiendo

1.

Alrededor de las diez de la mañana, el Palacio de las Convenciones de La Habana hace un receso en sus congresos y simposios y los periodistas, en su mayoría, van a la sala de prensa a reportar en unas veinte líneas la corta sesión de la mañana. Algunos llaman por teléfono, otros se ponen al día con sus mensajes, aprovechan la conexión. El 12 de febrero de 2014, alrededor de las diez y media, se vacía una computadora que es ocupada de inmediato por una muchacha de pelo muy corto que había estado esperando sentada al fondo de la sala. La muchacha no tiene nada que escribir, porque todo lo que ha estado escuchando durante la mañana le parecen tonterías académicas que a ningún lector de su diario le van a interesar, como no le interesan a ella misma. Abre su correo electrónico, abre su perfil de Facebook y abre, por abrir algo, Google Noticias. Las cuatro primeras entradas, antes de clickear en ver más, reportan la muerte de un artista cubano. La muchacha lee, apretándose los labios con una mano, que la noche anterior, la madrugada anterior, Santiago Feliú sintió un dolor en el pecho y que ese dolor era un infarto. Y que Santiago no lo rebasó. La muchacha levanta la cabeza y, por encima del monitor de la computadora dice, muy grave: ¿Ya vieron? Se murió Santiago… La gente sigue con sus notas de veinte líneas y sus llamadas por teléfono. Aprovechan la conexión. A la muchacha le parece mucho más triste esto que la muerte en sí.

2.

Hay un muchacho de unos diecinueve años que es amigo de Santiago. Que lo ama como se aman a esa edad a los artistas que te han explicado la vida. Que escribe canciones y se las canta a Santiago y le pide a Santiago que le cante a él alguna inédita mientras lo graba en secreto con su celular. El muchacho va a llorar el doce de febrero cuando sepa la noticia. Va a llorar aún más cuando llegue a Calzada y K y lo primero que vea sea a la viuda de Santiago. Su panza grávida, sobresaliendo entre el dolor.

Dos años después este muchacho, que también es músico, va a conocer a la muchacha de allá arriba, y van a tener una historia juntos. Van a hablar durante horas sobre Santiago, y van a competir acerca de quién ha escuchado más y mejor. Él va a ganar muchas veces, porque va a sacar a la luz anécdotas que ella no conoce: sobre las canciones, sobre un Santiago íntimo que a él todavía le duele aunque sonría un poco cuando lo cuenta. Van a hacer el amor muchas veces con Santiago de fondo, y en la mañana ella va a decir que, igual, se queda con Ay, la vida, no importa lo que él diga. Ella, como es de suponer, va a enamorarse profundamente de ese muchacho y de sus canciones, y va a torturarse durante meses con la idea de no haber podido conocer a Santiago personalmente. Va a sentir a veces un poco de envidia. Sana, pero envidia.

3.

Hay una mujer que todavía no cumple cincuenta años. Que viste el cuerpo sin vida de Santiago quizás con movimientos mecánicos, absorta en el dolor. Quizás llora un poco. Quizás Santiago le parece, aún muerto, un hombre hermoso. Va a pasar mucho tiempo antes de que la mujer vuelva a escuchar la música de Santiago sin que se le apriete el pecho. Ha sido amiga suya durante muchos de esos cuarentaitantos años que ahora tiene. Y se han amado y se han peleado también seguramente.

A inicios del 2017, la mujer le hace una propuesta de trabajo a la muchacha de allá arriba. Y la muchacha acepta. Se hacen amigas. La muchacha sabía, de antemano, la relación que la mujer había tenido con Santiago. Conoce algunas historias y le pide a la mujer, cuando ya han pasado algún tiempo juntas, que le cuente otras más. Y la mujer la complace. A veces, incluso, la mujer y su novia cuentan algo sin que la muchacha lo haya pedido, y la muchacha escucha y disfruta y siente otro poco de envidia. Sana, pero ya saben.

4.

Hay un muchacho que estudia música en la Escuela Nacional de Arte. No siempre fue así, al principio estudiaba en otra escuela similar, pero de alguna manera decidió que la Escuela Nacional de Arte era mejor, y se agenció un traslado. El muchacho quería estudiar guitarra, pero tenía que elegir antes un instrumento de carrera larga y, para cuando tuvo oportunidad de cambiarse, ya se había enamorado del violín. En una foto del perfil de Facebook del muchacho, Santiago lo sostiene entre sus brazos mientras él, un bebé entonces, mira con curiosidad una brocha de pintura que tiene en la mano derecha. Santiago lo vio nacer, como aquel que dice. El día que Santiago se moría, el muchacho del violín cumplía 14 años.

Cuatro años después, el muchacho del violín y la muchacha de allá arriba, que se habían conocido fugazmente durante los días del huracán Irma, comienzan una historia. El día que los presentaron alguien susurró en el oído de la muchacha algo como ¿tú sabes que Santiago se murió el día de su cumpleaños?, y la muchacha decidió que nunca le preguntaría al muchacho del violín nada relacionado con Santiago, a menos que él hablara antes. A veces, cuando estaban juntos, ella pasaba disimuladamente alguna canción de Santiago que saltaba en el playlist, e iniciaba un tema de conversación sobre cualquier cosa alejada de los zurdos y las guitarras y el amor. No solo por lo que le habían susurrado al oído aquella mañana sino porque, de alguna manera, a la muchacha le parecía que el muchacho del violín sentía una nostalgia muy particular hacia Santiago y ella, contagiada de esa especie de amor inconcluso, tampoco tenía ganas de iniciar alguna discusión banal sobre cuál canción. En algo coincidieron una vez: no soportaban escuchar a otros interpretándolo. Ella aseguraba que a Santiago no le gustaba que cantaran sus canciones. Él decía no saber nada de eso, pero igual le parecía un sacrilegio a su música. Ella creía que, cuando no los uniera nada, estarían atados de una extraña manera al amor que ambos sentían por Santiago. Aún lo cree.

Foto: Kaloian

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