Day after

Despiertas por tercera vez y aún no amanece. No lo hará por otras dos horas, no importa cuánto mires el teléfono. Hueles a sexo. Tus manos, tu aliento, tu entrepierna. Y huele mal, como el buen sexo, y no te quejas. Incluso cuando probablemente te acomodes la ropa encima y te vayas sin esperar el café, no vas a quejarte. Continúa leyendo Day after

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Sin título (4)

Hundo la cara en la almohada (la almohada, como la toalla, como los bordes de la sábana y las camisas, se ha tornado rosada) y me pregunto. Vierto la cafetera íntegra en una sola taza y endulzo —de más— el primer café del día. Enciendo un cigarro y cruzo las piernas, sostengo la taza entre los dedos algunos minutos, así la cerámica no me quema los labios, y soplo. Una, dos, tres, cuatro veces, y luego sorbo. Continúa leyendo Sin título (4)

Idea

Nadie ha escrito un texto más completo sobre Idea Vilariño que Leila Guerriero. Que no la conoció jamás. Que leyó su poesía toda y supo por sus versos que la vida de Idea fue la vida de Onetti. Nadie ha contado mejor en un texto cómo la vida de una mujer —que dejó una nota prohibiendo cruces en su entierro— fue la vida de un hombre.

Nadie, y aun así.

Me sedujo, al instante, leerla consumirse en cada estrofa. La desesperación de quien ama, incluso, mutilado el amor (En lo hondo/ olvidado/ late intacto/ el muñón/ doliendo sordamente), la paciencia (Estoy aquí/ en el mundo/ en un lugar del mundo/ esperando/ esperando./ Ven/ o no vengas/ yo/ me estoy aquí/ esperando.), la conformidad con lo poco que se ofrece (Yo no te pido nada/ yo no te acepto nada./ Alcanza con que estés/ en el mundo/ con que seas/ me seas/ juez y dios./ Si no/ para qué todo.), y la aceptación del fin (Qué lástima/ que sea solo esto/ que quede así/ no sirva más/ esté acabado/ venga a parar en esto./ Qué lástima que no/ pudiéramos/ sirviéramos/ que no sepamos ya/ que ya no demos más/ que estemos ya tan secos./ Qué lástima/ qué lástima/ estar muertos/ faltar/ a tan hondo deber/ a tan preciada cita/ a un amor tan seguro.). Y todo de nuevo.

Y Onetti que reaparecía para revolver su vida y su poesía y su enfermizo cuerpo que amenazaba con quebrarse al menor suspiro y en cambio se erguía lo suficiente para parir otro grito: (…) Te estoy llamando/ amor/ como al destino/ como al sueño/ a la paz/ te estoy llamando/ con la voz/ con el cuerpo/ con la vida/ con todo lo que tengo/ y que no tengo/ con desesperación/ con sed/ con llanto/ como si fueras aire/ y yo me ahogara/ como si fueras luz/ y me muriera (…).

Y me pregunto qué pudiera decir yo de esa mujer —yo, que tan solo he leído de ella los poemas que he podido encontrar, que he bebido del perfil que la argentina escribiera de la uruguaya muchas veces y aun así no soy capaz de comprender su vida del todo, yo que le temo y sueño con un amor que me haga cenizas las uñas y me nazcan palabras que juntas, tan solo juntas, sean la mitad de hermosas que su Sabés, o su Seis, o esa fiera que es Ya no. Decir a la gente: “somos dos monstruos”. Y sonreír—. ¿Qué pudiera decir yo?

Que sus hermanos se llamaron Alma, Azul, Poema y Numen, pero eso todo el mundo lo sabe. Que hay quien piensa que no se enamoró realmente de Onetti, que no lo quiso tanto como escribió, y que todo fue un asunto literario, pero eso también se sabe. Que le dedicó un libro entero a él y, años más tarde, rota, borró la dedicatoria. Todo eso se sabe y, sin embargo, es lo que yo puedo decir.

Entonces callo. Me refugio en ella, mejor. Repaso dos y tres veces el único libro suyo que poseo, fechado, para mí, en La Habana, el 20 de febrero de 2016. “Prestado con carácter permanente a Diana Ferreiro”, dice en tinta negra.

Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme./ Nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ (…) ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar./ (…) No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.

Y me callo.

Para olvidar, la Joplin

Quiero escribir —el Kozmic blues de Janis de fondo— un post que no me recuerde a nadie. Que no suba por mis piernas ni me sujete las manos a la altura de mi cabeza ni me deje huellas difíciles de ocultar con tanto calor. Que no me habite en forma alguna, ni siquiera en forma de canción de Santiago (especialmente no en forma de canción de Santiago) y que, una vez publicado, no me asedien sus dedos ni sus ganas en plena madrugada.

Pero de vuelta al ciclo toca olvidar. Por tanto los recuerdos vendrán, incluso, desde posts sepultados ya en los archivos de este blog. Posts de domingos y lluvia y cosas que hoy me parecen ridículas, como algún día me parecerá ridículo este post y todos los Sin título.

El caso es que, puestos a olvidar, cada cual sigue sus rutas. Y está bien. A uno le funciona lo que a uno le funciona. Hay quien tiene un plan B, por ejemplo, que no le gusta tanto, pero que no le permite pensar demasiado. Hay quien borra contactos e historial de llamadas. Hay quien prefiere no volver a hablar del tema. Hay quien cambia de lugar favorito en la ciudad solo para no coincidir. Hay quien tiene mucho trabajo y eso le ayuda. Y hay quien no tiene nada y tarda demasiado en desprenderse.

Yo, por suerte, tengo a Janis. Y es curiosa, esta relación nuestra, porque el resto de la vida Janis no es más que cuatro o cinco temas de las Essential songs en mi playlist. Pero cuando el ciclo me envuelve, de vez en cuando, siempre es ella. De arriba abajo. Últimamente he intentado también con Santiago, pero hay algo en la garganta de esta mujer que me destruye cada vez y —voilá— eso es lo que necesito cuando preciso olvidar.

Santiago me mata. No vaya nadie a dudarlo. Pero para que entiendan, Janis Joplin me ata a una silla, me amordaza y me hace evocar un instante a la vez horrendo y feliz que trato de alargar mientras dure la canción. Y sabe muy bien en qué orden hacerlo.

Comienza con Down on me, que me pone de un humor extraño, medio presumida, qué sé yo, para caer sin aviso en Piece of my heart, que ya comienza a reventarme las sienes, y no para más hasta Ball and chain, Me and Bobby Mcgee, motherfucker Summertime (con el mismísimo Jimy) y así sucesivamente, cafetera y media mediante, para aguantar lo que viene. Y lo que viene se llama:

To love somebody

La-madre-de-todas-las-canciones-para-olvidar-a-lo-Janis, que es como le llamo yo a este juego sado de rock and roll y blues y sobredosis a los 27.

There’s a way, oh everybody say/ You can do anything, everything, yeah/ But what good, what good/ Honey, what good could it ever bring/ ‘Cause I ain’t got you with my love/ And I can’t find you babe, no, I can’t.

You don’t know, you don’t know what it’s like/ No you don’t, and you never did/ You don’t know what it’s like/ To love anybody/ Oh honey, I wanna talk about love/ And trying to hold somebody when you´re lonely/ The way I love you, babe/ And I’ve been loving you.

Luego pónganlo en su voz y si tienen saldo escríbanme un sms.

Janis Joplin tres veces al día, como los antibióticos. Descansar siete, y repetir. Esa es la fórmula.

Aunque en realidad, yo quería empezar este post diciendo que leí hace poco en una novela de Juan Tallón que uno no llega jamás a donde quiere sin haber tocado fondo antes. Y ya ven.

Pie de firma

(Que sepas que al filo de las nueve de la noche del lunes he borrado cuatro oraciones que comenzaban hablando de ti.)

(Que entiendas que la anterior la he dejado porque me he prometido que a partir de las nueve de la noche cualquier cosa que llegue yo a escribir servirá para aplacar esta pesadez que tengo en el estómago desde el sábado, aún si no la publico.)

(Y si la publico estará bien, porque será quizás la única manera de que no la leas.)

(Que desde el jueves dieciséis de febrero tengo, encima de la cadera derecha, una grieta a donde van a parar todos los dolores que me van cayendo encima.)

(Que —por pura casualidad— no la abriste tú, sino un golpe que me dieran en la 174, y que todo el dolor que entra a mi cuerpo se aloja allí sin que nadie sea capaz de explicarse cómo o por qué.)

(Que si, puestos a ejemplificar lo anterior, quisieras dejar una huella en mi espalda, en su lugar amanecería yo con una dolencia en esa cadera, que se iría matizando con el paso de los días en una escala de morados, verdes y amarillos.)

(Que el dolor ha comenzado a actuar como el parásito que en definitiva es, y se ha ido alimentando de ti.)

(Que no tengo ya fuerzas para expulsarlo. Ni ganas. Ni excusas.)

(Pero quédate, es sólo otra punzada de morir, es el amor con tanta soledad, es otra cicatriz de estar aquí, es descubrirte el miedo y descubrirte a ti, dice Santiago pero a estas alturas yo no quiero quedarme más.)

(Y esa es mi firma.)

SIN TÍTULO (3)

Cuando mi padre me dijo que había logrado vender la máquina de escribir me costó volver a mirarlo a los ojos por unos minutos. Me tomó por sorpresa porque ni siquiera sabía que había estado intentando venderla. Me decepcionó el precio: trescientos pesos.

Pensé que el día que yo encontrara una máquina de escribir como la de mi padre por trescientos pesos sería un día maravilloso.

Pensé en el tipo que ahora debía tenerla. Podía ser una mujer, pero no pensé en esa posibilidad.

Pensé en qué podría haber gastado mi padre los trescientos pesos que hubiese valido la pena deshacerse de aquella máquina verde con todo y su estuche. Pero preferí no preguntarle.

A fin de cuentas, me dije después, ¿qué iba a hacer yo con aquella máquina? Ciertamente escribir no. Pero hubiese quedado perfecta en alguna pared de mi (futuro) apartamento, o encima de una mesa armada con otras mesas y rodeada de libros y fotos. O para sentarme frente a ella con un cigarro y una taza blanca de café—aquí va un selfie con filtro en sepia—, los sábados lluviosos de mayo. La podríamos usar, incluso, para dejarnos pequeñas notas de vez en cuando mientras nos amemos y eso. Mira tú cuántas cosas que no incluyen escribir. Escribir de verdad, en plan narrativo o poético o periodístico o ensayístico o dramatúrgico o por ahí para allá una pila de géneros más. No.

Esta máquina de escribir, verde ella, donde tecleé una vez durante horas un trabajo práctico de Historia y un concurso literario para niños, a ver si me entiendes, reposaría allí como símbolo de mi niñez. Sería, junto a mis libros y la reproducción de Servando Cabrera que deja ver cómo le quito a mi madre, lo único que me quedaría por traer de allá cuando sea la hora.

Que estés tú al menos, ahora que la máquina no está más. Eso bastaría.

SIN TÍTULO (2)

He querido contar y no me ha salido.

Digo que he querido contar y he enviado la hoja a la papelera sin una palabra que reciclar.

Digo que he querido amarrar unas cuantas perras negras de manera que cobren sentido —un sentido específico, se entiende—, y he terminado repasando los highlights de The wire, buscando ayuda.

Y luego he vuelto a querer. Y me han dolido los ojos, porque ya no asimilo la vida sin estos +050-050×180°  +050-050×45°. Y ahí vamos.

He preguntado y le pasa a todo el mundo. Pero es difícil conformarse con una mierda de esas. Con ser igual a todo el mundo.

He querido actualizar este blog. Y esto es lo que salido. Para que vean qué mal ando.