Lluvia

Busco una frase para inciar la conversación, porque diez minutos de mirarnos por encima de los libros y el teléfono bastan para exasperarme. Sobre todo cuando hay tanto por decir y afuera llueve a torrenciales. Hablamos vagamente de la lluvia, el café y lo mucho que estás fumando últimamente. Menciono un par de textos de Leila que me han removido algunas cosas en la vida -tú una de ellas, pero esto no te lo digo, esto lo pienso y bajo los ojos unos instantes-, y de la tercera temporada de Twin Peaks que están empezando a filmar. Hablo mucho de mí y del cansancio que ya se hace crónico, y del blog que me enseñaron hace unas semanas y que ya no leo porque me sabe demasiado a Cortázar -y a ti, pero esto también me lo callo. Por Cortázar me ha dado últimamente, lo leo los sábados por la tarde, mientras la ropa y la casa se secan al mismo tiempo, y se me llena el cuarto de conejitos.

Todo el rato he hablado solo yo, pero no importa, estoy limpiando las ganas de leerte esos textos espectaculares que encuentro por ahí y no puedo compartir en Facebook, porque solo tú podrías sentir lo que yo al leerlos, y no quiero que la gente los repueble con comentarios y enlaces y emoticones. Porque es como si en ellos habitáramos en alguna forma extraña de narrativa que no escogimos, y nos nacieran sinónimos y preposiciones y símiles por todas partes. Y metáforas, claro. No seríamos nada sin metáforas, Horacio.

Tal vez debiera empezar la conversación con una, pero no me sale nada. Busco dentro. Nada. Se me ocurre que este vacío que sigue creciendo no matters what, es la mejor metáfora que me has regalado. Pero no digo nada. No dices nada. Volvemos al libro y al teléfono. Afuera llueve menos. Pero llueve.

Nikhil

Casi treinta y seis horas después de haber iniciado su performance, Nikhil Chopra no luce descompuesto. Ni siquiera cansado. Tras los barrotes que le separan de la audiencia, Nikhil Chopra pinta. Está sentado sobre un lienzo y a la vez lo pinta. Lo llena con imágenes de esa Habana que tiene delante, que no es demasiada, pero al parecer le basta. Desde que comenzara a hacer La perla negra, en la 12 Bienal de La Habana, el mundo de Nikhil Chopra se ha convertido en una postal rojiza de la Plaza de Armas y sus alrededores.

Cuentan que al principio del performance Nikhil estaba todo arreglado, vestido con traje y guantes y maquillado como una mujer. Treinta y seis horas después uno pudiera preguntarse qué ha comido Nikhil –aunque de detrás de su cadera asoman unos plátanos y un mango–, o dónde ha vaciado la vejiga, o si de veras está aquí, en La Habana, porque su mirada sugiere un viaje lejos, mientras su cuerpo sufre –el cuerpo de Nikhil sufre, de eso no cabe duda–, la ansiedad de un puñado de ojos que se aprietan para verlo pintar, para verlo lavarse, para verlo dormir.

Pero es precisamente eso lo que busca Nikhil, como si el arte tuviera que dolerte –¿no lo dijo alguien una vez?– y fuera necesario, imprescindible, encerrarte durante sesenta horas ininterrumpidas en una jaula para experimentar nuevas relaciones con el espectador. Siempre será mejor que colgar diez pinturas en una galería y esperar las críticas, ¿no? A lo mejor eso piensas, mientras le das una ojeada rápida al Templete y agregas unas pintitas rojas al lienzo. (más…)

Cómo

Leo por estos días el final de Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, y una frase me parte en dos. ¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? se pregunta la Loca del Frente mientras recoge sus cosas para escapar —supongo— al exilio; y entonces me da por pensar en las cosas, en la gente que no he vuelto a ver en años, pero sobre todo en las cosas y en la gente que no volveré a ver nunca. De todas ellas, quizás lo único que miré a sabiendas de que era la última vez que lo hacía fue a mi abuelo materno, mientras le sostenía la mano para que el suero no saliera de la vena una madrugada pegajosa de agosto hace un par de años. Pero sin saber muy bien cómo. Sin saber muy bien con qué quedarme. Minutos antes del final creo que pude haber mirado muy despacio las arrugas de la frente o la mueca que iban adoptando los labios, pero la verdad es que no lo recuerdo. Recuerdo que lo miré mientras moría y que casi caigo al suelo por el peso de mi madre, que se desvaneció fuera de la sala con la noticia. Entonces ¿cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿cómo evitas el llanto que te sube desde el estómago? ¿cómo te salvas? (¿cómo, Leila, salvarse uno mismo de mirar por última vez, sin rizos acomodados, ni parques, ni fotografías, ni músicos detrás de los arbustos?)

Rock n roll y margaritas vivas

DEADComienzas a adentrarte en los senderos del rock n roll rayando la adolescencia. Quizás un poco más tarde, pero compensas el tiempo perdido con los clásicos reventándote los oídos a toda hora, bebiéndote la historia de bandas que ya no existen o que es improbable —léase imposible—, que puedas ver en vivo en la vida. Hasta un día. Y he aquí lo más hermoso de todo. Tu viaje por el rock n roll, que creías tan seguro, tan tuyo, tan de cuatro amigos hablando de vez en cuando de solos de guitarra y míticos discos, se ve de pronto sacudido por unos tipos llenos de tinta y de ganas de rockanrolear en La Habana.

Primero no te lo crees, claro. Y luego cedes, poco a poco, ante la presión de ir a verlos y reconocer en ellos años y años de escucharlos en tu cuarto y buscar en sus canciones las respuestas a casi todo. Con recelo, eso sí. Porque vinieron Dizzy Reed y Richard Fortus, pero no Guns N Roses, Bernard Fowler y Darryl Jones, pero no The Rolling Stones, vino John Corabi, pero no Motley Crue, vino Brian Tichy, pero no Ozzy Osburne. Vino David Lowy y Marco Mendoza, pero no las bandas que los dieron a conocer… (más…)

Aunque no esté de moda

café y cigarros

Sin apenas notarlo, colándose de a poco desde la tarde hasta avanzada la madrugada, el fin de año se volvió Silvio. Sueño que llegó con En el claro de la luna, pero se disuelve entre tanto humo y café colando mientras nos acomodábamos en el balcón justo a la hora en que el Escambray hacía como que nos tapaba el sol. Es raro, porque no puedo decir con certeza cuándo sonó Réquiem, o Yo digo que las estrellas, ni siquiera Ángel para un final, pero ahora mismo se me ocurre que pudiera describir el momento exacto, el instante preciso, en que escuchamos Te amaré y Te doy una canción. El volumen de aquella voz que me preguntó cuál era mi preferida, como si uno tuviese permitido discernir entre tanta poesía sin tener muy claro cómo llegó a su vida. La disposición casi exacta de aquellos rizos, mil veces reacomodados para entonces. Un cigarro gastándose inútilmente junto a la taza de café con leche ya frío, despreciable…

Las mañanas, en cambio, se le resistían. Logré que pasaran con algunos temas de Drexler —de Eco y de Vaivén y algo de 12 segundos de oscuridad—, pero apenas se anunciaba la tarde, corrían desesperadas las notas de Pequeña serenata diurna y El dulce abismo y Sueño con serpientes y Mariposas. Incluso Tu imagen, que no es una canción para la tarde y hace unos años tampoco la soporto a oscuras.

A veces dejaba Historia de la silla para el final, porque me recuerda demasiado una época que se me escurrió de madrugada junto a un par de guitarras y un parque en el que no me he vuelto a sentar desde entonces. Para las demás, el orden nunca importó. Se contentaban con salir del reproductor a la caza de algún sentimiento aparentemente olvidado en un rincón de la ciudad, que ellas rastreaban certeras para devolverlo por un par de segundos a estas ganas enquistadas de estar en otro lugar. Luego otro café. Y cigarros. Y el miedo a que se me haya enquistado también Silvio y no me haya dado cuenta hasta ahora.

Un ejemplar de Jot Down en La Habana

Por contagiarme de ese sueño tuyo, ya mío, nuestro, de hacer algún día nuestra propia revista de periodismo literario. Por todas las Jot Down que me has descubierto.

El microwave

jot down en la habana

Aún no sé cuál de los dos la descubrió primero, si Javier o yo. Pero de repente leer Jot Down se convirtió en uno de nuestros vicios más queridos (precisamente en uno de sus artículos, en el perfil de Alberto Juantorena, fue que descubrí tu nombre). Desde entonces no pasa semana en la que no nos metamos a discutir sobre cualquiera de los trabajos que aparecen en esa publicación en su versión digital. Es como una mesa sueca (creo que ustedes le dicen bufet) interminable, en la que lo mismo encontramos una reseña de un videojuego, que una entrevista a un físico ocular, que la crónica de un pueblo costero abandonado, que una disección de The Wire, que un repaso a la discografía de Funkadelic/Parliament, que un ensayo sobre la representación de España en las viñetas periodísticas. Y a pesar de esforzarnos por encontrarle sus huecos, la mayoría clasifican…

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Ne me quitte pas

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Cuando en 1959 Jacques Brel escribiera la canción más hermosa que puede escribirse de una súplica, ya Eunice Kathleen Waymon cantaba bajo el nombre de Nina Simone en los bares de Atlantic City. No hay evidencias de que ambos se hayan conocido nunca. Brel murió en Francia en 1978 a causa de un cáncer pulmonar, época en la que Nina andaba por Barbados, evadiendo los impuestos que había dejado de pagar como protesta a la guerra de Viet Nam. Sin embargo existe una conexión, un vínculo entre ambos: Nina Simone susurraría junto al piano, años después, casi en silencio, la versión más sublime del arrepentimiento de Brel, la desesperación del belga por recuperar a su esposa en una canción, el miedo insostenible a las cosas que no se pueden olvidar, el grito de no me dejes menos ahogado de la historia de la música.

Ne me quitte pas es, ciertamente, de esas canciones escritas para la soledad de las madrugadas, con un cigarro quemándote los dedos mientras te preguntas a qué hora se apaga toda La Habana, o si Brel no habrá dejado a Zizou justamente para componer algo como aquello, para que luego llegara la Simone con su breathiness y terminara por jodernos a esa hora de la noche.

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Tirá tu cable a tierra… y volvé

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Fito Páez ha venido a La Habana, ya se sabe, al último Festival Leo Brouwer. Enmudeció por segunda vez el Karl Marx mientras cantaba a capella Yo vengo a ofrecer mi corazón y esta vez, increíblemente, nadie lo interrumpió. Y aunque fue un concierto atípico —más atípico que el propio Fito, diría Leo Brouwer—, rindió homenaje este miércoles a la música latinoamericana. Allí cantaron Charly García y Silvio y Pablo y el flaco Spinetta y sonaron incluso en el piano algunos trucos andinos mal aprendidos.

Pero no pude, no quise, mientras duró todo el concierto, dejar de pensar en la primera vez que vi a Fito Páez, en ese mismo escenario, hace poco más de dos años. Tengo varias razones. (más…)

Reencuentros

Seis meses puede ser, si se quiere, mucho tiempo. Te vas -o te quedas-, dejas de visitar ciertos lugares o de caminar por las mismas calles y el tiempo hace el resto. (El tiempo puede, incluso desdibujar rostros y enterrar sensaciones).
Pero si al cabo de esos ciento ochenta y pico de días uno coincide con los mismos ojos y las mismas bocas y los mismos brazos que ahora se estiran y te envuelven y te acarician la espalda, entonces le caen a uno seis años de tristeza encima y de nostaliga por esos ojos y esas bocas y esos brazos.
Y también mucha alegría. La celebración de un aniversario, por importante que sea, pasa a un segundo plano ante Martica, que al fin se está haciendo santo, y Yosmel, que en breve terminará con la compañía, y Mario Sergio que te salió al paso con mucho menos pelo del que recordabas pero con la misma mirada suave y tierna de la última vez.
Te sientas entonces y paseas la mirada. Ya nadie cumple años aquí. Aquí se celebra que Lisbeth ya no tiene el pelo rojo, o que Norge y Thais siguen juntos, al igual que Laura y Alberto, y que Gabriela es nieta de Lorna y hoy nadie para de hablar de Lorna y entonces Yeni le dice aplaude niña y Gabriela esconde también las manos debajo de las gafas, y no se deja mirar por dentro.
Ah, Leo, y qué decir del llanto que tuve que contener al verte subiendo las escaleras, respirando vida, huyendo del sol, tan maternal, Leo, tan preocupada por mis líos, tan hermosa…
Seis meses es un montón de tiempo, y parece como el primer día. Las mismas manos sudorosas, el mismo dolor de estómago, las mismas ganas de abandonarme a los tambores. Los mismos cigarros ahorrados para el café de Delia y la misma mirada ansiosa en las clases de foclor.
La única diferencia muchachos, es el cargo de conciencia por la tesis, que salió de milagro, porque no tuve el valor de escuchar a Manolo y ponerme yo también a bailar.

Éxodo

principito
Seis años atrás, con la carrera de Periodismo en la mano y la incertidumbre de qué hacer con una profesión que nunca me había pasado por la cabeza ejercer, comencé a soñar mi vida universitaria en la Marta Abreu de Santa Clara. Mi entonces profesor de Historia de la vocacional y mi hermana me despertaron, deja la bobería, ¿qué carajo vas a hacer en esta provincia cuando te gradúes, cuando tengas que hacer prácticas, cuando quieras vivir?… Recuerdo la tristeza llenándome los ojos de agua salada y la decisión apresurada de cambiar la dirección para Guanajay y garantizarme una beca frente al mar por cinco años. El resto es mucho más breve ahora: el piso once, los amigos, el teatro, la tesis, la boda, la danza contemporánea, otro cambio de dirección, el Aula Magna, el Yate y la nostalgia. (más…)