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Aunque no esté de moda

café y cigarros

Sin apenas notarlo, colándose de a poco desde la tarde hasta avanzada la madrugada, el fin de año se volvió Silvio. Sueño que llegó con En el claro de la luna, pero se disuelve entre tanto humo y café colando mientras nos acomodábamos en el balcón justo a la hora en que el Escambray hacía como que nos tapaba el sol. Es raro, porque no puedo decir con certeza cuándo sonó Réquiem, o Yo digo que las estrellas, ni siquiera Ángel para un final, pero ahora mismo se me ocurre que pudiera describir el momento exacto, el instante preciso, en que escuchamos Te amaré y Te doy una canción. El volumen de aquella voz que me preguntó cuál era mi preferida, como si uno tuviese permitido discernir entre tanta poesía sin tener muy claro cómo llegó a su vida. La disposición casi exacta de aquellos rizos, mil veces reacomodados para entonces. Un cigarro gastándose inútilmente junto a la taza de café con leche ya frío, despreciable…

Las mañanas, en cambio, se le resistían. Logré que pasaran con algunos temas de Drexler —de Eco y de Vaivén y algo de 12 segundos de oscuridad—, pero apenas se anunciaba la tarde, corrían desesperadas las notas de Pequeña serenata diurna y El dulce abismo y Sueño con serpientes y Mariposas. Incluso Tu imagen, que no es una canción para la tarde y hace unos años tampoco la soporto a oscuras.

A veces dejaba Historia de la silla para el final, porque me recuerda demasiado una época que se me escurrió de madrugada junto a un par de guitarras y un parque en el que no me he vuelto a sentar desde entonces. Para las demás, el orden nunca importó. Se contentaban con salir del reproductor a la caza de algún sentimiento aparentemente olvidado en un rincón de la ciudad, que ellas rastreaban certeras para devolverlo por un par de segundos a estas ganas enquistadas de estar en otro lugar. Luego otro café. Y cigarros. Y el miedo a que se me haya enquistado también Silvio y no me haya dado cuenta hasta ahora.

Tirá tu cable a tierra… y volvé

fitopaez1
Fito Páez ha venido a La Habana, ya se sabe, al último Festival Leo Brouwer. Enmudeció por segunda vez el Karl Marx mientras cantaba a capella Yo vengo a ofrecer mi corazón y esta vez, increíblemente, nadie lo interrumpió. Y aunque fue un concierto atípico —más atípico que el propio Fito, diría Leo Brouwer—, rindió homenaje este miércoles a la música latinoamericana. Allí cantaron Charly García y Silvio y Pablo y el flaco Spinetta y sonaron incluso en el piano algunos trucos andinos mal aprendidos.

Pero no pude, no quise, mientras duró todo el concierto, dejar de pensar en la primera vez que vi a Fito Páez, en ese mismo escenario, hace poco más de dos años. Tengo varias razones. (más…)

Reencuentros

Seis meses puede ser, si se quiere, mucho tiempo. Te vas -o te quedas-, dejas de visitar ciertos lugares o de caminar por las mismas calles y el tiempo hace el resto. (El tiempo puede, incluso desdibujar rostros y enterrar sensaciones).
Pero si al cabo de esos ciento ochenta y pico de días uno coincide con los mismos ojos y las mismas bocas y los mismos brazos que ahora se estiran y te envuelven y te acarician la espalda, entonces le caen a uno seis años de tristeza encima y de nostaliga por esos ojos y esas bocas y esos brazos.
Y también mucha alegría. La celebración de un aniversario, por importante que sea, pasa a un segundo plano ante Martica, que al fin se está haciendo santo, y Yosmel, que en breve terminará con la compañía, y Mario Sergio que te salió al paso con mucho menos pelo del que recordabas pero con la misma mirada suave y tierna de la última vez.
Te sientas entonces y paseas la mirada. Ya nadie cumple años aquí. Aquí se celebra que Lisbeth ya no tiene el pelo rojo, o que Norge y Thais siguen juntos, al igual que Laura y Alberto, y que Gabriela es nieta de Lorna y hoy nadie para de hablar de Lorna y entonces Yeni le dice aplaude niña y Gabriela esconde también las manos debajo de las gafas, y no se deja mirar por dentro.
Ah, Leo, y qué decir del llanto que tuve que contener al verte subiendo las escaleras, respirando vida, huyendo del sol, tan maternal, Leo, tan preocupada por mis líos, tan hermosa…
Seis meses es un montón de tiempo, y parece como el primer día. Las mismas manos sudorosas, el mismo dolor de estómago, las mismas ganas de abandonarme a los tambores. Los mismos cigarros ahorrados para el café de Delia y la misma mirada ansiosa en las clases de foclor.
La única diferencia muchachos, es el cargo de conciencia por la tesis, que salió de milagro, porque no tuve el valor de escuchar a Manolo y ponerme yo también a bailar.

Susana meets The Wall

Susana es, digámoslo desde el principio, una de las personas más fascinantes que he conocido en la vida. Y no porque apareciera un día en el aula atiborrada de maquillaje, y semanas después le diera por prescindir hasta de aretes. Susana era tan auténtica como el creyón rosado fosforescente que usaba o el tatuaje que lleva desde los quince años y ha querido borrar desde que vivía en Cuba.

Ahora Susana vive en España y anda por Berlín y quiere conocer África —why not?— y Jerusalén.

Desde que Susana salió de Cuba y yo comencé a trabajar en un lugar con conexión a Internet, nos escribimos todos los días. Siempre en inglés, incluso cuando me dice, meja, hoy tu inglés sucks, y yo le respondo, go fuck yourself, bitch. En todo este tiempo, hemos vetado, por mutuo acuerdo, el tema de la nostalgia y el grupo dos de periodismo y la facultad y Cuba. En cambio hablamos de alcohol, de amor, de sexo y de cine. (más…)