amor

Sin título (4)

Hundo la cara en la almohada (la almohada, como la toalla, como los bordes de la sábana y las camisas, se ha tornado rosada) y me pregunto. Vierto la cafetera íntegra en una sola taza y endulzo —de más— el primer café del día. Enciendo un cigarro y cruzo las piernas, sostengo la taza entre los dedos algunos minutos, así la cerámica no me quema los labios, y soplo. Una, dos, tres, cuatro veces, y luego sorbo.

Visto una camiseta blanca tres veces mi talla que me cubre hasta la mitad del muslo,y mientras busco una canción en el teléfono para acompañar el café, me pregunto si te habrás dejado la barba otra vez. Repaso las líneas de mi más reciente tatuaje y pienso que debo afeitarme —esta misma tarde, me digo—, y sorbo. Abro Chicle, de Legna Rodríguez, y leo seis versos:

Todo el mundo se lamenta/ yo quería que mi lamento/ fuera unimembre/ yo quería ser/ el lamento omitido/ pero no lo logré,

y me pregunto si te pica la cara, si aún es áspera o ya se ha vuelto suave, por los días que hace.

Tu barba que no es exacta a tu pelo. Que hasta llegar a casa no podía peinar con mis dedos (por si la gente, por si el tráfico, por si las ganas, por si este es el último cigarro). Que durante aquellos días —19—, imaginé más pareja, más adulta, más mía de lo que en realidad fue; y que después de aquellos días —19—, habías aclarado del todo, y yo te dije que no importaba, que me gustaba más así y tú me dijisteque ya crecería de nuevo.

Luego todo cambió. No hubo más barba que la sombra de un par de días sin afeitar. Reiniciamos como quien echa en una mochila dos mudas de ropa y un cepillo de dientes, porque el viaje será corto y apenas se saldrá del lugar donde se va a dormir. Cuando uno se enamora es del carajo, me dijiste una madrugada, y yo apagué la luz, en silencio, porque no había mucho que decir a esas alturas y aun así tú acababas de decir aquella barbaridad.Recuerdo muy bien esa noche. Yo te había esperado con una saya corta y una camiseta negra, y comimos natilla con caramelo. Tú me dijiste que alguna vez habías pensado en llamar Santiago a un hijo tuyo. Y me leíste una canción. Yo dije que sin dudas mis hijos se llamarían Ana y Santiago pero que era mejor cambiar de tema.

Continuamos como quien solo regresa al pueblo donde nació los fines de semana, con la misma mochila, que cada vez pesa menos. Hasta que una mañana, sin pertenecer todavía a otro sitio, abotonaste la camisa —era de flores, y dijiste que si alguien te preguntaba responderías que venías de tocar con Alain Pérez—, y te fuiste dejando las llaves en el suelo. Me pregunto si te acuerdas.

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Idea

Nadie ha escrito un texto más completo sobre Idea Vilariño que Leila Guerriero. Que no la conoció jamás. Que leyó su poesía toda y supo por sus versos que la vida de Idea fue la vida de Onetti. Nadie ha contado mejor en un texto cómo la vida de una mujer —que dejó una nota prohibiendo cruces en su entierro— fue la vida de un hombre.

Nadie, y aun así.

Me sedujo, al instante, leerla consumirse en cada estrofa. La desesperación de quien ama, incluso, mutilado el amor (En lo hondo/ olvidado/ late intacto/ el muñón/ doliendo sordamente), la paciencia (Estoy aquí/ en el mundo/ en un lugar del mundo/ esperando/ esperando./ Ven/ o no vengas/ yo/ me estoy aquí/ esperando.), la conformidad con lo poco que se ofrece (Yo no te pido nada/ yo no te acepto nada./ Alcanza con que estés/ en el mundo/ con que seas/ me seas/ juez y dios./ Si no/ para qué todo.), y la aceptación del fin (Qué lástima/ que sea solo esto/ que quede así/ no sirva más/ esté acabado/ venga a parar en esto./ Qué lástima que no/ pudiéramos/ sirviéramos/ que no sepamos ya/ que ya no demos más/ que estemos ya tan secos./ Qué lástima/ qué lástima/ estar muertos/ faltar/ a tan hondo deber/ a tan preciada cita/ a un amor tan seguro.). Y todo de nuevo.

Y Onetti que reaparecía para revolver su vida y su poesía y su enfermizo cuerpo que amenazaba con quebrarse al menor suspiro y en cambio se erguía lo suficiente para parir otro grito: (…) Te estoy llamando/ amor/ como al destino/ como al sueño/ a la paz/ te estoy llamando/ con la voz/ con el cuerpo/ con la vida/ con todo lo que tengo/ y que no tengo/ con desesperación/ con sed/ con llanto/ como si fueras aire/ y yo me ahogara/ como si fueras luz/ y me muriera (…).

Y me pregunto qué pudiera decir yo de esa mujer —yo, que tan solo he leído de ella los poemas que he podido encontrar, que he bebido del perfil que la argentina escribiera de la uruguaya muchas veces y aun así no soy capaz de comprender su vida del todo, yo que le temo y sueño con un amor que me haga cenizas las uñas y me nazcan palabras que juntas, tan solo juntas, sean la mitad de hermosas que su Sabés, o su Seis, o esa fiera que es Ya no. Decir a la gente: “somos dos monstruos”. Y sonreír—. ¿Qué pudiera decir yo?

Que sus hermanos se llamaron Alma, Azul, Poema y Numen, pero eso todo el mundo lo sabe. Que hay quien piensa que no se enamoró realmente de Onetti, que no lo quiso tanto como escribió, y que todo fue un asunto literario, pero eso también se sabe. Que le dedicó un libro entero a él y, años más tarde, rota, borró la dedicatoria. Todo eso se sabe y, sin embargo, es lo que yo puedo decir.

Entonces callo. Me refugio en ella, mejor. Repaso dos y tres veces el único libro suyo que poseo, fechado, para mí, en La Habana, el 20 de febrero de 2016. “Prestado con carácter permanente a Diana Ferreiro”, dice en tinta negra.

Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme./ Nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ (…) ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar./ (…) No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.

Y me callo.

Pie de firma

(Que sepas que al filo de las nueve de la noche del lunes he borrado cuatro oraciones que comenzaban hablando de ti.)

(Que entiendas que la anterior la he dejado porque me he prometido que a partir de las nueve de la noche cualquier cosa que llegue yo a escribir servirá para aplacar esta pesadez que tengo en el estómago desde el sábado, aún si no la publico.)

(Y si la publico estará bien, porque será quizás la única manera de que no la leas.)

(Que desde el jueves dieciséis de febrero tengo, encima de la cadera derecha, una grieta a donde van a parar todos los dolores que me van cayendo encima.)

(Que —por pura casualidad— no la abriste tú, sino un golpe que me dieran en la 174, y que todo el dolor que entra a mi cuerpo se aloja allí sin que nadie sea capaz de explicarse cómo o por qué.)

(Que si, puestos a ejemplificar lo anterior, quisieras dejar una huella en mi espalda, en su lugar amanecería yo con una dolencia en esa cadera, que se iría matizando con el paso de los días en una escala de morados, verdes y amarillos.)

(Que el dolor ha comenzado a actuar como el parásito que en definitiva es, y se ha ido alimentando de ti.)

(Que no tengo ya fuerzas para expulsarlo. Ni ganas. Ni excusas.)

(Pero quédate, es sólo otra punzada de morir, es el amor con tanta soledad, es otra cicatriz de estar aquí, es descubrirte el miedo y descubrirte a ti, dice Santiago pero a estas alturas yo no quiero quedarme más.)

(Y esa es mi firma.)

SIN TÍTULO (3)

Cuando mi padre me dijo que había logrado vender la máquina de escribir me costó volver a mirarlo a los ojos por unos minutos. Me tomó por sorpresa porque ni siquiera sabía que había estado intentando venderla. Me decepcionó el precio: trescientos pesos.

Pensé que el día que yo encontrara una máquina de escribir como la de mi padre por trescientos pesos sería un día maravilloso.

Pensé en el tipo que ahora debía tenerla. Podía ser una mujer, pero no pensé en esa posibilidad.

Pensé en qué podría haber gastado mi padre los trescientos pesos que hubiese valido la pena deshacerse de aquella máquina verde con todo y su estuche. Pero preferí no preguntarle.

A fin de cuentas, me dije después, ¿qué iba a hacer yo con aquella máquina? Ciertamente escribir no. Pero hubiese quedado perfecta en alguna pared de mi (futuro) apartamento, o encima de una mesa armada con otras mesas y rodeada de libros y fotos. O para sentarme frente a ella con un cigarro y una taza blanca de café—aquí va un selfie con filtro en sepia—, los sábados lluviosos de mayo. La podríamos usar, incluso, para dejarnos pequeñas notas de vez en cuando mientras nos amemos y eso. Mira tú cuántas cosas que no incluyen escribir. Escribir de verdad, en plan narrativo o poético o periodístico o ensayístico o dramatúrgico o por ahí para allá una pila de géneros más. No.

Esta máquina de escribir, verde ella, donde tecleé una vez durante horas un trabajo práctico de Historia y un concurso literario para niños, a ver si me entiendes, reposaría allí como símbolo de mi niñez. Sería, junto a mis libros y la reproducción de Servando Cabrera que deja ver cómo le quito a mi madre, lo único que me quedaría por traer de allá cuando sea la hora.

Que estés tú al menos, ahora que la máquina no está más. Eso bastaría.

Tirá tu cable a tierra… y volvé

fitopaez1
Fito Páez ha venido a La Habana, ya se sabe, al último Festival Leo Brouwer. Enmudeció por segunda vez el Karl Marx mientras cantaba a capella Yo vengo a ofrecer mi corazón y esta vez, increíblemente, nadie lo interrumpió. Y aunque fue un concierto atípico —más atípico que el propio Fito, diría Leo Brouwer—, rindió homenaje este miércoles a la música latinoamericana. Allí cantaron Charly García y Silvio y Pablo y el flaco Spinetta y sonaron incluso en el piano algunos trucos andinos mal aprendidos.

Pero no pude, no quise, mientras duró todo el concierto, dejar de pensar en la primera vez que vi a Fito Páez, en ese mismo escenario, hace poco más de dos años. Tengo varias razones. (más…)