Tómate el café, coño

La cafetera no tiene asa porque una mañana subiste demasiado la candela y se derritió en un dos por tres. Un charco negro espeso que se escurrió por la hornilla sin que te diera tiempo a salvar más que un pedazo pegado a la tapa que a la larga ibas a tener que arrancar también. Entonces es así, cuando cuela apagas el fogón y coges la cafetera con las dos manos envueltas en un paño seco y sirves las tazas directamente, y ahí que cada cual le ponga el azúcar que quiera. Continúa leyendo Tómate el café, coño

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Yo sé de un lugar

Hace unos días le dije a mi amiga Lorena que había desistido de vivir en Santos Suárez. Que, aquella convicción de que Santos Suárez era el barrio donde yo estaba destinada a vivir –y que convenientemente quedaba cerca de ella y de otra de mis amigas más antiguas–, era una idea que ya no me parecía tan buena. Continúa leyendo Yo sé de un lugar

Sin título (4)

Hundo la cara en la almohada (la almohada, como la toalla, como los bordes de la sábana y las camisas, se ha tornado rosada) y me pregunto. Vierto la cafetera íntegra en una sola taza y endulzo —de más— el primer café del día. Enciendo un cigarro y cruzo las piernas, sostengo la taza entre los dedos algunos minutos, así la cerámica no me quema los labios, y soplo. Una, dos, tres, cuatro veces, y luego sorbo. Continúa leyendo Sin título (4)