café

Yo sé de un lugar

Hace unos días le dije a mi amiga Lorena que había desistido de vivir en Santos Suárez. Que, aquella convicción de que Santos Suárez era el barrio donde yo estaba destinada a vivir –y que convenientemente quedaba cerca de ella y de otra de mis amigas más antiguas–, era una idea que ya no me parecía tan buena.

Lo dije un día en que habíamos tardado cerca de cuarenta minutos en encontrar un taxi, paradas en la esquina de Mayía y Lacret, al sol. Lo dije con un poco de resaca y vistiendo la misma ropa del día anterior. Lo dije siete segundos después de darte un beso y empujarte hacia la 174, que venía bajando por Mayía a las dos y media de la mañana, porque yo sabía que era tu única opción de llegar al Vedado a esas horas. Te vi subir mientras me decías nos vemos el sábado, y cuando Lorena se acomodaba los rizos por millonésima vez desde que estábamos en esa esquina, le solté: yo no pienso vivir nunca en Santos Suárez. El transporte no siempre está tan malo, me dijo ella. No es por el transporte, le dije. Y ella dijo algo como me imagino, o parecido.

No es todo Santos Suárez, obviamente, en realidad se trata de cuatro cuadras, poco más. Calles por donde pasamos y corrimos y me perseguiste una vez con una cerveza en la mano. Por donde caminamos a las mil de la noche y me hiciste una prueba de afinación. Donde dormimos y vimos películas de Sacha Baron Cohen y me preparaste un desayuno mientras yo hacía el playlist que destruirías en segundos. Donde te velé aquella fiebre que duró una madrugada, con la impotencia de no lograr que los analgésicos hicieran su trabajo.

Me pasa con Santos Suárez y me pasa con la casa de esa otra amiga, que viene siendo la misma cosa, con solo cruzar Vía Blanca. En los días de Santos Suárez, aquella casa era para mí un refugio de todo y de todos. Incluso de mí. Y había café y comida y cigarros y juegos de continental y buenos rones de contrabando que comprábamos en la esquina. Había charlas interminables sobre la vida y el amor y el sexo, y le hablábamos a micrófonos imaginarios (¿imaginarios?), y a veces me iba yo feliz, a esperar, y otras veces regresaba realmente deprimida y abría con mi propia llave. Y luego fuiste un día, que andabas cerca y ninguno de los dos lo sabíamos, y mi amiga sacó la porcelana fancy, para servirte un expreso, y te enseñamos a jugar un continental que dominabas justo para darnos una paliza a las tres, y nos cantaste algunas canciones, con la condición de que si venía la policía serías tú quien abriría la puerta. Eran aquellos los días.

Hace poco más de dos semanas regresé a la casa de mi amiga. De nuevo hubo café y comida y alcohol. Y se han tomado tantas rutas a estas alturas que apenas una de las tazas conserva su asa. Que en apenas unos días serás dos. Y aún así, debajo de la bandeja de plata que está encima de la vitrina hay un papel sucio, doblado en tres, con la puntuación. Y que en alguna esquina pone la fecha de aquella noche.

Y no lo dice, pero yo quisiera añadirle, uno de estos días, que el transporte en Santos Suárez no es tan malo, que hay guaguas a las dos de la mañana y que, si le dices a alguien que se monte, es probable que nunca más vuelva.

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Sin título (4)

Hundo la cara en la almohada (la almohada, como la toalla, como los bordes de la sábana y las camisas, se ha tornado rosada) y me pregunto. Vierto la cafetera íntegra en una sola taza y endulzo —de más— el primer café del día. Enciendo un cigarro y cruzo las piernas, sostengo la taza entre los dedos algunos minutos, así la cerámica no me quema los labios, y soplo. Una, dos, tres, cuatro veces, y luego sorbo.

Visto una camiseta blanca tres veces mi talla que me cubre hasta la mitad del muslo,y mientras busco una canción en el teléfono para acompañar el café, me pregunto si te habrás dejado la barba otra vez. Repaso las líneas de mi más reciente tatuaje y pienso que debo afeitarme —esta misma tarde, me digo—, y sorbo. Abro Chicle, de Legna Rodríguez, y leo seis versos:

Todo el mundo se lamenta/ yo quería que mi lamento/ fuera unimembre/ yo quería ser/ el lamento omitido/ pero no lo logré,

y me pregunto si te pica la cara, si aún es áspera o ya se ha vuelto suave, por los días que hace.

Tu barba que no es exacta a tu pelo. Que hasta llegar a casa no podía peinar con mis dedos (por si la gente, por si el tráfico, por si las ganas, por si este es el último cigarro). Que durante aquellos días —19—, imaginé más pareja, más adulta, más mía de lo que en realidad fue; y que después de aquellos días —19—, habías aclarado del todo, y yo te dije que no importaba, que me gustaba más así y tú me dijisteque ya crecería de nuevo.

Luego todo cambió. No hubo más barba que la sombra de un par de días sin afeitar. Reiniciamos como quien echa en una mochila dos mudas de ropa y un cepillo de dientes, porque el viaje será corto y apenas se saldrá del lugar donde se va a dormir. Cuando uno se enamora es del carajo, me dijiste una madrugada, y yo apagué la luz, en silencio, porque no había mucho que decir a esas alturas y aun así tú acababas de decir aquella barbaridad.Recuerdo muy bien esa noche. Yo te había esperado con una saya corta y una camiseta negra, y comimos natilla con caramelo. Tú me dijiste que alguna vez habías pensado en llamar Santiago a un hijo tuyo. Y me leíste una canción. Yo dije que sin dudas mis hijos se llamarían Ana y Santiago pero que era mejor cambiar de tema.

Continuamos como quien solo regresa al pueblo donde nació los fines de semana, con la misma mochila, que cada vez pesa menos. Hasta que una mañana, sin pertenecer todavía a otro sitio, abotonaste la camisa —era de flores, y dijiste que si alguien te preguntaba responderías que venías de tocar con Alain Pérez—, y te fuiste dejando las llaves en el suelo. Me pregunto si te acuerdas.