familia

SIN TÍTULO (3)

Cuando mi padre me dijo que había logrado vender la máquina de escribir me costó volver a mirarlo a los ojos por unos minutos. Me tomó por sorpresa porque ni siquiera sabía que había estado intentando venderla. Me decepcionó el precio: trescientos pesos.

Pensé que el día que yo encontrara una máquina de escribir como la de mi padre por trescientos pesos sería un día maravilloso.

Pensé en el tipo que ahora debía tenerla. Podía ser una mujer, pero no pensé en esa posibilidad.

Pensé en qué podría haber gastado mi padre los trescientos pesos que hubiese valido la pena deshacerse de aquella máquina verde con todo y su estuche. Pero preferí no preguntarle.

A fin de cuentas, me dije después, ¿qué iba a hacer yo con aquella máquina? Ciertamente escribir no. Pero hubiese quedado perfecta en alguna pared de mi (futuro) apartamento, o encima de una mesa armada con otras mesas y rodeada de libros y fotos. O para sentarme frente a ella con un cigarro y una taza blanca de café—aquí va un selfie con filtro en sepia—, los sábados lluviosos de mayo. La podríamos usar, incluso, para dejarnos pequeñas notas de vez en cuando mientras nos amemos y eso. Mira tú cuántas cosas que no incluyen escribir. Escribir de verdad, en plan narrativo o poético o periodístico o ensayístico o dramatúrgico o por ahí para allá una pila de géneros más. No.

Esta máquina de escribir, verde ella, donde tecleé una vez durante horas un trabajo práctico de Historia y un concurso literario para niños, a ver si me entiendes, reposaría allí como símbolo de mi niñez. Sería, junto a mis libros y la reproducción de Servando Cabrera que deja ver cómo le quito a mi madre, lo único que me quedaría por traer de allá cuando sea la hora.

Que estés tú al menos, ahora que la máquina no está más. Eso bastaría.

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Cómo

Leo por estos días el final de Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, y una frase me parte en dos. ¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? se pregunta la Loca del Frente mientras recoge sus cosas para escapar —supongo— al exilio; y entonces me da por pensar en las cosas, en la gente que no he vuelto a ver en años, pero sobre todo en las cosas y en la gente que no volveré a ver nunca. De todas ellas, quizás lo único que miré a sabiendas de que era la última vez que lo hacía fue a mi abuelo materno, mientras le sostenía la mano para que el suero no saliera de la vena una madrugada pegajosa de agosto hace un par de años. Pero sin saber muy bien cómo. Sin saber muy bien con qué quedarme. Minutos antes del final creo que pude haber mirado muy despacio las arrugas de la frente o la mueca que iban adoptando los labios, pero la verdad es que no lo recuerdo. Recuerdo que lo miré mientras moría y que casi caigo al suelo por el peso de mi madre, que se desvaneció fuera de la sala con la noticia. Entonces ¿cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿cómo evitas el llanto que te sube desde el estómago? ¿cómo te salvas? (¿cómo, Leila, salvarse uno mismo de mirar por última vez, sin rizos acomodados, ni parques, ni fotografías, ni músicos detrás de los arbustos?)