La Habana

Perfección

Llegar sobre las siete y media y dejar el bolso y los zapatos junto a la puerta. Ir directo a la cocina y abrir una botella de cualquier cosa. Servir dos vasos y poner un disco. Quizás el playlist de los días agotadores, como este. Abrir el balcón. Mirar a La Habana que empieza a anochecer. Saberte cerca. Escuchar el elevador abriendo e imaginarte buscando las llaves en los bolsillos. Mirarte entrar y soltar tus cosas juntos a las mías. Mirarte. Acercar el vaso a los labios. Besarnos. Besarnos. Qué tal tu día. Infernal. Igual el mío. Sin novedad, ¿no? Sin novedad. Reírnos. Besarnos. Encender un cigarro con el tuyo. Exhalar. Iniciar una discusión sobre la canción que suena justo ahora. Levantar las cejas. No se te ocurra quitarlo. No me acaba de convencer ese tipo. Pero a mí me encanta. Se nota. Subir el volumen y ver cómo simulas el enojo. Sentarme en tus rodillas y dejar que mis labios encuentren tu cuello. Abandonarme a tus manos que buscan en mí. Que hurgan en mí. Algo tendremos que comer. Algo. Respirar. Mirarnos. Ahogar lo que el cuerpo aconseja. Besarnos. Contarte la última del editor, que anda loco con el cierre. Preguntarnos qué haremos mañana. Recordar el concierto y las cervezas con los amigos. Quizás lo mejor sea venir acá. Llenar los vasos otra vez. Poner hielo. Contarnos. Cocinar y contarnos. Comer sentados a la mesa. Contarnos. Fumar. Colar café mientras recogemos. Seguirte con la vista mientras caminas hacia la puerta. Te traje algo, casi lo olvido. Reconocer la revista que nos habían enviado hacía meses. Apurar todo lo demás: los platos sucios, la ducha, las llamadas inaplazables, e irnos a la cama con esa revista. Leer como si al pasar las páginas la tinta fuera a escapársenos. Igual los besos, como si fuesen los últimos. Descomunal esta gente ¿no? Baf. Contarnos. Contagiarme de tu desorden para amar. Decirlo. Escucharlo. Ir hasta la cocina a buscar un vaso con agua solo para que me mires ir hasta la cocina. Dejar espacio al sueño. Despertar con el olor del café y tus ojos. Decir buen día. Darte cuenta de que es casi mediodía. Sonreír.

Apuntes sobre El king reguetón de La Habana

ray

No hablaré aquí demasiado sobre la peña de Ray Fernández en el Diablo Tun Tun los jueves. Diré, tan solo, que se trata de la mejor descarga de toda La Habana y que Ray, trovador-chef-villaclareño-de-Alamar-juglar-por-cuenta-propia-y-showman en bodas, quinces y bautizos que se celebren en su peña — del 2008 a acá—, viene siendo entonces el mejor anfitrión del mundo mundial.

Los jueves, de cinco a nueve, y con suerte hasta las y media o hasta las diez, si el Tosco no está luego a las once, —para los que nunca han ido, y si nunca han ido what the hell is wrong with you?—, transcurren una sarta de temas que bien pueden cantarle a la libreta de abastecimiento, al ornitorrinco, a la edad, a los libros, al trabajo, al amor, al desamor, a la vida. Y temas de Los Pasteles Verdes, o los Fórmula V, o José Feliciano, o de la trova tradicional cubana.

Dos horas —Ray comienza a las siete en punto—, intercaladas a veces con algunos invitados, en las que puede pasar cualquier cosa. O casi. Esto es: que Ray llegue disfrazado de jeque, de bucanero o de vasco, que hable en ruso, que improvise décimas a Lenia, su esposa —altísimo e imprescindible puntal en toda esta historia—, y que se despoje de ropas y haga que sus músicos lo imiten. Lo que no puede pasar, casi nunca desde que se convirtiera en un “clásico de la casa” es que termine un jueves sin El king reguetón de La Habana. (más…)

Drexler

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Si vos hubieses hecho el sábado solamente el show de Bailar en la cueva, con el que recorriste un montón de ciudades en el último año y medio, el público te lo hubiera perdonado. Aún cuando las canciones nuevas siempre estropean los conciertos. Porque vos no sabías, no tenías idea de lo que tu música ha significado para tanta gente en esta isla. Quizás pensaste que a lo sumo conocerían un par de temas, pero igual venías a escuchar cómo transcurre el tiempo en La Habana, y a saldar esta deuda contraída con vos mismo desde hacía años.

Para cuando subiste al escenario ya te habían advertido, y saliste entonces solo con tu guitarra y te sentaste muy cerquita de la gente para saber qué querían escuchar. Y la gente te pidió de todo. Temas que te piden en ciudades donde has tocado decenas de veces y temas que no te atreviste a cantar porque apenas recordabas la letra. Cantaste Eco, cantaste Causa y efecto, cantaste Don de fluir, cantaste Soledad, cantaste la Milonga del moro judío, y la gente no paraba de pedir. Yo creo que ahí fue donde por fin te convenciste.

Pero el primer encuentro con La Habana tenía que ser épico, vos sabías eso y al show de Bailar en la cueva le pusiste canciones de los demás discos con unos arreglos increíbles. Igual sabías que ese primer momento a solas con nosotros no había bastado y volviste a quedarte con la guitarra y te permitiste entonces un par de caprichos.Fue cuando resonó Contigo en la distanciay un Al otro lado del río a cappella, y cuando hiciste subir a Alexis Díaz Pimienta a improvisar un soneto y quisiste que la gente le diera pies forzados y Alexis Díaz Pimienta te complació y la gente tuvo que aplaudir de pie. Tanto, que sentiste que La Habana, que ese teatro, iba quedando de a poquito libre de toda pena. Como la arena blanca en la isla deRasquí.

Lo mejor del concierto: las canciones que ibas dejando caer como al descuido y tu rostro al comprobar que la emoción crecía en ambas direcciones, Mi guitarra y vos, y la sensación de que en ese vos estábamos también nosotros, las historias de refugiados europeos en América y de estribillos regalados por Sabina en un bar español, y los sonetos que nos tomaron por sorpresa. Lo mejor del concierto fue el por fin, Habana, del inicio, y el nos veremos muy pronto, casi al final. Lo peor son las canciones, que jamás volverán a ser lo que eran, y contar los días que faltan para el regreso.

Nikhil

Casi treinta y seis horas después de haber iniciado su performance, Nikhil Chopra no luce descompuesto. Ni siquiera cansado. Tras los barrotes que le separan de la audiencia, Nikhil Chopra pinta. Está sentado sobre un lienzo y a la vez lo pinta. Lo llena con imágenes de esa Habana que tiene delante, que no es demasiada, pero al parecer le basta. Desde que comenzara a hacer La perla negra, en la 12 Bienal de La Habana, el mundo de Nikhil Chopra se ha convertido en una postal rojiza de la Plaza de Armas y sus alrededores.

Cuentan que al principio del performance Nikhil estaba todo arreglado, vestido con traje y guantes y maquillado como una mujer. Treinta y seis horas después uno pudiera preguntarse qué ha comido Nikhil –aunque de detrás de su cadera asoman unos plátanos y un mango–, o dónde ha vaciado la vejiga, o si de veras está aquí, en La Habana, porque su mirada sugiere un viaje lejos, mientras su cuerpo sufre –el cuerpo de Nikhil sufre, de eso no cabe duda–, la ansiedad de un puñado de ojos que se aprietan para verlo pintar, para verlo lavarse, para verlo dormir.

Pero es precisamente eso lo que busca Nikhil, como si el arte tuviera que dolerte –¿no lo dijo alguien una vez?– y fuera necesario, imprescindible, encerrarte durante sesenta horas ininterrumpidas en una jaula para experimentar nuevas relaciones con el espectador. Siempre será mejor que colgar diez pinturas en una galería y esperar las críticas, ¿no? A lo mejor eso piensas, mientras le das una ojeada rápida al Templete y agregas unas pintitas rojas al lienzo. (más…)

Rock n roll y margaritas vivas

DEADComienzas a adentrarte en los senderos del rock n roll rayando la adolescencia. Quizás un poco más tarde, pero compensas el tiempo perdido con los clásicos reventándote los oídos a toda hora, bebiéndote la historia de bandas que ya no existen o que es improbable —léase imposible—, que puedas ver en vivo en la vida. Hasta un día. Y he aquí lo más hermoso de todo. Tu viaje por el rock n roll, que creías tan seguro, tan tuyo, tan de cuatro amigos hablando de vez en cuando de solos de guitarra y míticos discos, se ve de pronto sacudido por unos tipos llenos de tinta y de ganas de rockanrolear en La Habana.

Primero no te lo crees, claro. Y luego cedes, poco a poco, ante la presión de ir a verlos y reconocer en ellos años y años de escucharlos en tu cuarto y buscar en sus canciones las respuestas a casi todo. Con recelo, eso sí. Porque vinieron Dizzy Reed y Richard Fortus, pero no Guns N Roses, Bernard Fowler y Darryl Jones, pero no The Rolling Stones, vino John Corabi, pero no Motley Crue, vino Brian Tichy, pero no Ozzy Osburne. Vino David Lowy y Marco Mendoza, pero no las bandas que los dieron a conocer… (más…)

Tirá tu cable a tierra… y volvé

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Fito Páez ha venido a La Habana, ya se sabe, al último Festival Leo Brouwer. Enmudeció por segunda vez el Karl Marx mientras cantaba a capella Yo vengo a ofrecer mi corazón y esta vez, increíblemente, nadie lo interrumpió. Y aunque fue un concierto atípico —más atípico que el propio Fito, diría Leo Brouwer—, rindió homenaje este miércoles a la música latinoamericana. Allí cantaron Charly García y Silvio y Pablo y el flaco Spinetta y sonaron incluso en el piano algunos trucos andinos mal aprendidos.

Pero no pude, no quise, mientras duró todo el concierto, dejar de pensar en la primera vez que vi a Fito Páez, en ese mismo escenario, hace poco más de dos años. Tengo varias razones. (más…)