libros

SIN TÍTULO (3)

Cuando mi padre me dijo que había logrado vender la máquina de escribir me costó volver a mirarlo a los ojos por unos minutos. Me tomó por sorpresa porque ni siquiera sabía que había estado intentando venderla. Me decepcionó el precio: trescientos pesos.

Pensé que el día que yo encontrara una máquina de escribir como la de mi padre por trescientos pesos sería un día maravilloso.

Pensé en el tipo que ahora debía tenerla. Podía ser una mujer, pero no pensé en esa posibilidad.

Pensé en qué podría haber gastado mi padre los trescientos pesos que hubiese valido la pena deshacerse de aquella máquina verde con todo y su estuche. Pero preferí no preguntarle.

A fin de cuentas, me dije después, ¿qué iba a hacer yo con aquella máquina? Ciertamente escribir no. Pero hubiese quedado perfecta en alguna pared de mi (futuro) apartamento, o encima de una mesa armada con otras mesas y rodeada de libros y fotos. O para sentarme frente a ella con un cigarro y una taza blanca de café—aquí va un selfie con filtro en sepia—, los sábados lluviosos de mayo. La podríamos usar, incluso, para dejarnos pequeñas notas de vez en cuando mientras nos amemos y eso. Mira tú cuántas cosas que no incluyen escribir. Escribir de verdad, en plan narrativo o poético o periodístico o ensayístico o dramatúrgico o por ahí para allá una pila de géneros más. No.

Esta máquina de escribir, verde ella, donde tecleé una vez durante horas un trabajo práctico de Historia y un concurso literario para niños, a ver si me entiendes, reposaría allí como símbolo de mi niñez. Sería, junto a mis libros y la reproducción de Servando Cabrera que deja ver cómo le quito a mi madre, lo único que me quedaría por traer de allá cuando sea la hora.

Que estés tú al menos, ahora que la máquina no está más. Eso bastaría.

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Leer en guaguas

Por toda respuesta le mostré la tapa del libro.
-¿Sobre qué es?
-Sobre un tipo que espera durante toda la noche por que su esposa regrese.
-¿Y regresa?
-No lo sé, aún no termino.
-Quiero decir si tú crees que regrese.
-Supongo que no. Espero que no.
-¿Tú quieres que el tipo se quede solo?
-Sí, al menos el tiempo suficiente para que termine el libro que está escribiendo.
-¿El tipo es escritor?
-Más o menos. Escribió una novela corta hace un tiempo, pero no la ha publicado.
-¿Es mala? Quiero decir, ¿el tipo es mal escritor? (más…)

Las especies condenadas

serio
García Márquez dobla a la izquierda y se detiene, porque ahí delante está lloviendo. Ya no recuerda hace cuánto, pero por el barro en el que se hunden los portales, y por los cuerpos hinchados de los cerdos que flotan por doquier, supone algunos meses de diluvio.
La gente de Aracataca, que es la gente del mundo, le advierte que no siga, que los botes no son seguros, que deje de mojarse porque puede pescar un resfriado y que guarde de una vez los manuscritos que se están echando a perder por tanta agua salada que cae desde las mejillas de quienes alguna vez los leyeron.
García Márquez los mira y sonríe. Es que no entienden. Nadie entiende. Alza una mano y los mira. La dictadura ha mandado a exigirle que no siga. Las hormigas suben por su pantalón huyendo del agua, que ya comienza a embadurnarle los zapatos. El musgo cubre su antebrazo y siente en la boca un sabor a tierra y a cal de las paredes que inexplicablemente le gusta.
La multitud se aleja. O es él quien se pierde de a poco en el horizonte. Toda la vida, Fermina, alcanza a gritar. De aquel lado, las especies condenadas a la soledad no tragan en seco. No suspiran. No lloran. Leen.