Sancti Spíritus

Cómo

Leo por estos días el final de Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, y una frase me parte en dos. ¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? se pregunta la Loca del Frente mientras recoge sus cosas para escapar —supongo— al exilio; y entonces me da por pensar en las cosas, en la gente que no he vuelto a ver en años, pero sobre todo en las cosas y en la gente que no volveré a ver nunca. De todas ellas, quizás lo único que miré a sabiendas de que era la última vez que lo hacía fue a mi abuelo materno, mientras le sostenía la mano para que el suero no saliera de la vena una madrugada pegajosa de agosto hace un par de años. Pero sin saber muy bien cómo. Sin saber muy bien con qué quedarme. Minutos antes del final creo que pude haber mirado muy despacio las arrugas de la frente o la mueca que iban adoptando los labios, pero la verdad es que no lo recuerdo. Recuerdo que lo miré mientras moría y que casi caigo al suelo por el peso de mi madre, que se desvaneció fuera de la sala con la noticia. Entonces ¿cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿cómo evitas el llanto que te sube desde el estómago? ¿cómo te salvas? (¿cómo, Leila, salvarse uno mismo de mirar por última vez, sin rizos acomodados, ni parques, ni fotografías, ni músicos detrás de los arbustos?)

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Aunque no esté de moda

café y cigarros

Sin apenas notarlo, colándose de a poco desde la tarde hasta avanzada la madrugada, el fin de año se volvió Silvio. Sueño que llegó con En el claro de la luna, pero se disuelve entre tanto humo y café colando mientras nos acomodábamos en el balcón justo a la hora en que el Escambray hacía como que nos tapaba el sol. Es raro, porque no puedo decir con certeza cuándo sonó Réquiem, o Yo digo que las estrellas, ni siquiera Ángel para un final, pero ahora mismo se me ocurre que pudiera describir el momento exacto, el instante preciso, en que escuchamos Te amaré y Te doy una canción. El volumen de aquella voz que me preguntó cuál era mi preferida, como si uno tuviese permitido discernir entre tanta poesía sin tener muy claro cómo llegó a su vida. La disposición casi exacta de aquellos rizos, mil veces reacomodados para entonces. Un cigarro gastándose inútilmente junto a la taza de café con leche ya frío, despreciable…

Las mañanas, en cambio, se le resistían. Logré que pasaran con algunos temas de Drexler —de Eco y de Vaivén y algo de 12 segundos de oscuridad—, pero apenas se anunciaba la tarde, corrían desesperadas las notas de Pequeña serenata diurna y El dulce abismo y Sueño con serpientes y Mariposas. Incluso Tu imagen, que no es una canción para la tarde y hace unos años tampoco la soporto a oscuras.

A veces dejaba Historia de la silla para el final, porque me recuerda demasiado una época que se me escurrió de madrugada junto a un par de guitarras y un parque en el que no me he vuelto a sentar desde entonces. Para las demás, el orden nunca importó. Se contentaban con salir del reproductor a la caza de algún sentimiento aparentemente olvidado en un rincón de la ciudad, que ellas rastreaban certeras para devolverlo por un par de segundos a estas ganas enquistadas de estar en otro lugar. Luego otro café. Y cigarros. Y el miedo a que se me haya enquistado también Silvio y no me haya dado cuenta hasta ahora.

Contagio

sala
Una sala de hospital no se parece a nada. Mucho menos una sala de contagio. Sin acompañantes ni visitas. Sin más horizonte que la pared fronteriza del cubículo o el área encerrada bajo el mosquitero. Sudando la fiebre de la madrugada y tragando en seco, raspando las amígdalas y gritando en silencio, frenéticamente, que no deberías estar ahí, que todo ha sido una confusión, que terminarás enfermándote de veras, contagiándote con lo que sea que circule por allí.

Por toda respuesta, veinte batas blancas al día te recitan, en forma de pregunta, los síntomas que se supone deberías tener:
-Vómitosdiarreassangramientoporalgúnlugardolorabdominaldolorenlosojosdolorde cabeza, algo que te preocupe? (más…)

Santilé

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Y así, cuando todos pensaban que la villa se ahogaba debajo de las tejas y la balaustrada colonial, Sancti Spíritus llegó a los 500 años vestida de limpio y conjugando, como siempre ha hecho, tradición y modernidad. Cinco siglos es mucho tiempo y la ciudad lo sabe. Se la ve silenciosa por estos días de celebración, escurriéndose entre los aleros y los guardavecinos del centro histórico, observando de lejos la algarabía del aniversario. Demasiados hijos regados por el mundo, debe pensar. Demasiados que se han ido para no regresar. Y al decirlo se da cuenta de que en voz alta suena aún más triste, sabe más a soledad.

Olores

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Cada vez que llego a Sancti Spíritus lo hago francamente agotada. Como si las ganas de oler la casa se me acumularan en las articulaciones o me cayera sobre las sienes el peso de tantos días ausente. Mi casa, cuando yo llego a Sancti Spíritus, huele a frijoles recién sazonados, a niño, a crayolas y temperas húmedas, a cuero de chivo, a ropa limpia, a sol, a cilantro y a café colando. Suelto la mochila en medio de la sala y me sirvo un vaso de agua de la pluma, que es como los espirituanos llamamos a la pila. El agua en Sancti Spíritus sabe siempre igual, a lluvia clara y a patio. A Yayabo crecido y a montaña.

Parece que ya va siendo hora de regresar, porque por estos días comienza a faltarme el aire o es la necesidad, creciente con el cumpleaños 500 de Santilé, de acariciar las paredes impregnadas de malanga batida, talco Johnson&Johnson, saliva, goma y caucho para morder, y un aroma medio dulzón que no identifico hasta que hundo la nariz en un cuello diminuto y aspiro suavemente.

Desde aquí ya se huele la pintura de las fachadas, la cal del puente y la leche de chiva. Desde aquí se huele la villa, el sudor de los caballos, las guitarras de las noches y el ron.

Y el llanto, que sabe a nostalgia, a tierra mojada y a sala de hospital.

De la ausencia y el béisbol

El día que Yuliesky Gourriel jugó en el José Antonio Huelga con la camiseta de Industriales ya hacía tres meses de la muerte de mi abuelo. Una neumonía asintomática que se lo llevó en apenas doce horas. Cuentan que en ese primer partido la gente sacó carteles y lo insultó de lo lindo. El Yuli se agarró los huevos, los mandó a callar con el dedo en los labios y dio un jonrón. Cuarenta y cinco juegos más tarde, ya se sabe, Industriales clasificó y Sancti Spíritus quedó último de la serie. Cuando comenzaron los rumores de que los Gourriel se iban a La Habana, ya mi abuelo se había cansado de la pelota. O se había cansado de vivir, que viene siendo la misma cosa. Reservaba los últimos atisbos de su ojo bueno para despedirse de nosotros y así lo hizo, la madrugada del cinco de agosto de 2013. Noventa días antes de que comenzara la Serie Nacional. (más…)