bailarines

Reencuentros

Seis meses puede ser, si se quiere, mucho tiempo. Te vas -o te quedas-, dejas de visitar ciertos lugares o de caminar por las mismas calles y el tiempo hace el resto. (El tiempo puede, incluso desdibujar rostros y enterrar sensaciones).
Pero si al cabo de esos ciento ochenta y pico de días uno coincide con los mismos ojos y las mismas bocas y los mismos brazos que ahora se estiran y te envuelven y te acarician la espalda, entonces le caen a uno seis años de tristeza encima y de nostaliga por esos ojos y esas bocas y esos brazos.
Y también mucha alegría. La celebración de un aniversario, por importante que sea, pasa a un segundo plano ante Martica, que al fin se está haciendo santo, y Yosmel, que en breve terminará con la compañía, y Mario Sergio que te salió al paso con mucho menos pelo del que recordabas pero con la misma mirada suave y tierna de la última vez.
Te sientas entonces y paseas la mirada. Ya nadie cumple años aquí. Aquí se celebra que Lisbeth ya no tiene el pelo rojo, o que Norge y Thais siguen juntos, al igual que Laura y Alberto, y que Gabriela es nieta de Lorna y hoy nadie para de hablar de Lorna y entonces Yeni le dice aplaude niña y Gabriela esconde también las manos debajo de las gafas, y no se deja mirar por dentro.
Ah, Leo, y qué decir del llanto que tuve que contener al verte subiendo las escaleras, respirando vida, huyendo del sol, tan maternal, Leo, tan preocupada por mis líos, tan hermosa…
Seis meses es un montón de tiempo, y parece como el primer día. Las mismas manos sudorosas, el mismo dolor de estómago, las mismas ganas de abandonarme a los tambores. Los mismos cigarros ahorrados para el café de Delia y la misma mirada ansiosa en las clases de foclor.
La única diferencia muchachos, es el cargo de conciencia por la tesis, que salió de milagro, porque no tuve el valor de escuchar a Manolo y ponerme yo también a bailar.

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Bailar respirando yoruba

DEMO-N 0074
Uno sube las escaleras frente a la Sala Avellaneda con los tambores ya entre las sienes y dobla frente al Café Cantante y atraviesa las oficinas del Teatro Nacional para llegar a las taquillas. Encima de las taquillas baila todos los días una compañía de danza. De ahí provienen los batá. Del segundo piso. Porque del tercero se desprenden las notas clásicas de un piano que se ahoga entre las barras y el linóleo. No perturbarían el folclor que emana de los cuerpos sudados ni aunque quisieran. Un profesor negro se contrae y luego abre los brazos y los mueve en ondas, al ritmo de la música, junto con los hombros y parte del torso. La mirada, impertérrita. Los músicos cantan a Oyá, pero yo creo que el negro tiene hecho Yemayá. O pudiera ser Obbatalá. Nunca acierto en esas cosas. Los demás bailarines lo imitan, pero el negro tiene la rumba metida en los huesos y se abandona y los abandona hasta que cesa la música.
Una veintena de californianos enmudecidos ha asistido a la clase. Algunos segundos de silencio después de los tambores indican que la clase ha terminado. Y luego los aplausos, in crescendo, llenan el salón. Convencidísimos ellos. Sofocadísimas ellas. (más…)