Autor: difh

Hasta hace poco estudiaba periodismo, habitaba el onceno piso de una beca inmunda en el Vedado, me despertaba con el mar en las pupilas y amaba a un puñado de poetas intrascendentes. Ahora vienen por mí, diría Brecht, pero es demasiado tarde.

Loop

La cosa viene siendo más o menos como sigue: conoces a un tipo que te gusta medianamente. Que te gusta lo justo, digamos, como para disfrutar el rato que lleva bajar cuatro cervezas para perder gradualmente la pereza de las primeras conversaciones, y decidir si vale la pena un último café en tu casa, sobre las dos de la mañana.

Digamos entonces que sí, que todo funciona como para que amanezcan juntos en una cama debidamente destendida y alguna que otra marca en las carnes. Otro café, sobre las nueve de la mañana y un beso en la puerta. Sobre las diez y media te vas al trabajo y sobre las doce repasas un par de momentos de la madrugada. Te dices que estuvo bien, te justificas aún cuando sabes que no tienes que hacerlo. Sobre las cuatro y veinte sentiste ganas de mandarle un mensaje. Nada demasiado intenso. Alguna referencia a los temas de aquella conversación. Algo como “Tenías razón, la canción de José José se llama Almohada”, o “Te dije que Daniel Day Lewis tenía 3 Oscars, no 2”, seguido de un “nos vemos por ahí”, punto, “Beso”, en singular, porque sabes muy bien que el plural es para el usuario medio general y “besito” dice WELCOME TO THE FRIENDZONE, en mayúsculas y todo. Sobre las seis o siete de la tarde te responde “jajaja, lo de tu OCD era cierto! Nos vemos en estos días, bso”. Nice. La cosa va bien. Al menos parece que van a doblar. Sobre las diez y cuarto de la noche se te ocurre que, bien pensado, el tipo solo te gusta medianamente, como al principio, y que, a pesar de que el sexo estuvo bien, no te ves ni siquiera en una segunda cita. Ese pensamiento te molesta, lo espantas. Vuelves al sexo. Algo para salvar.

Messenger hace el resto. Logras armar una especie de rutina en la que ambos van descubriendo cosas del otro. Hablan de música, sobre todo, y de series de televisión. Hablan de los ratones que habitan tu casa, de los lugares donde han tenido sexo antes, de los amigos que están lejos y de los que ya no son amigos, de su última discusión en el trabajo y a medida que te cuenta te percatas de que no te interesa nada de lo que estás leyendo. Que mientras eres tú la que escribe todo está bien, pero que leer quince mensajes que describen la discusión más absurda del mundo, te exaspera al punto de cerrar el chat y retomar la pestaña de Jot Down que anda por una de las esquinas del navegador.

Para ese entonces ya has hecho al menos cuatro de las siguientes cinco cosas: 1. Has cambiado su nombre de contacto por un apodo; 2. Has bajado una foto suya y la has puesto como foto de contacto; 3. Si te timbra, le cuentas a tus amigas, si te manda un sms le cuentas a tus amigas, si está viendo Breaking Bad por primera vez, le cuentas a tus amigas; 4. Repites constantemente que sí, vale, pero es solo sexo, no me gusta tanto; 5. Pero te comportas como si estuvieras frita a la mantequilla. Y lo peor es que no lo estás. Lo peor, lo más patético en toda esta historia, es ese bicho carmelita que se llama conformidad y que se te ha clavado en las rodillas desde el día cero. Lo peor es que, de vuelta a tu casa cada tarde, no hay alguien esperando en el sofá con un capítulo de The Wire en punta y una discusión ―otra más― sobre qué carajos le pasó a U2 del 95 para acá. Alguien que quiera llevarte al Latino y enseñarte a nadar de una vez.

Eventualmente dejas de escribirle y no vuelves a verlo en meses. Entonces vas a un bar y conoces a un tipo que te gusta medianamente.

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Yo sé de un lugar

Hace unos días le dije a mi amiga Lorena que había desistido de vivir en Santos Suárez. Que, aquella convicción de que Santos Suárez era el barrio donde yo estaba destinada a vivir –y que convenientemente quedaba cerca de ella y de otra de mis amigas más antiguas–, era una idea que ya no me parecía tan buena.

Lo dije un día en que habíamos tardado cerca de cuarenta minutos en encontrar un taxi, paradas en la esquina de Mayía y Lacret, al sol. Lo dije con un poco de resaca y vistiendo la misma ropa del día anterior. Lo dije siete segundos después de darte un beso y empujarte hacia la 174, que venía bajando por Mayía a las dos y media de la mañana, porque yo sabía que era tu única opción de llegar al Vedado a esas horas. Te vi subir mientras me decías nos vemos el sábado, y cuando Lorena se acomodaba los rizos por millonésima vez desde que estábamos en esa esquina, le solté: yo no pienso vivir nunca en Santos Suárez. El transporte no siempre está tan malo, me dijo ella. No es por el transporte, le dije. Y ella dijo algo como me imagino, o parecido.

No es todo Santos Suárez, obviamente, en realidad se trata de cuatro cuadras, poco más. Calles por donde pasamos y corrimos y me perseguiste una vez con una cerveza en la mano. Por donde caminamos a las mil de la noche y me hiciste una prueba de afinación. Donde dormimos y vimos películas de Sacha Baron Cohen y me preparaste un desayuno mientras yo hacía el playlist que destruirías en segundos. Donde te velé aquella fiebre que duró una madrugada, con la impotencia de no lograr que los analgésicos hicieran su trabajo.

Me pasa con Santos Suárez y me pasa con la casa de esa otra amiga, que viene siendo la misma cosa, con solo cruzar Vía Blanca. En los días de Santos Suárez, aquella casa era para mí un refugio de todo y de todos. Incluso de mí. Y había café y comida y cigarros y juegos de continental y buenos rones de contrabando que comprábamos en la esquina. Había charlas interminables sobre la vida y el amor y el sexo, y le hablábamos a micrófonos imaginarios (¿imaginarios?), y a veces me iba yo feliz, a esperar, y otras veces regresaba realmente deprimida y abría con mi propia llave. Y luego fuiste un día, que andabas cerca y ninguno de los dos lo sabíamos, y mi amiga sacó la porcelana fancy, para servirte un expreso, y te enseñamos a jugar un continental que dominabas justo para darnos una paliza a las tres, y nos cantaste algunas canciones, con la condición de que si venía la policía serías tú quien abriría la puerta. Eran aquellos los días.

Hace poco más de dos semanas regresé a la casa de mi amiga. De nuevo hubo café y comida y alcohol. Y se han tomado tantas rutas a estas alturas que apenas una de las tazas conserva su asa. Que en apenas unos días serás dos. Y aún así, debajo de la bandeja de plata que está encima de la vitrina hay un papel sucio, doblado en tres, con la puntuación. Y que en alguna esquina pone la fecha de aquella noche.

Y no lo dice, pero yo quisiera añadirle, uno de estos días, que el transporte en Santos Suárez no es tan malo, que hay guaguas a las dos de la mañana y que, si le dices a alguien que se monte, es probable que nunca más vuelva.

Day after

 

Despiertas por tercera vez y aún no amanece. No lo hará por otras dos horas, no importa cuánto mires el teléfono. Hueles a sexo. Tus manos, tu aliento, tu entrepierna. Y huele mal, como el buen sexo, y no te quejas. Incluso cuando probablemente te acomodes la ropa encima y te vayas sin esperar el café, no vas a quejarte. Caminarás hasta la oficina bañada en el perfume que guardas en la cartera para estas ocasiones, quizás un poco adolorida, pero por esto tampoco te quejas. Tu amiga siempre dice que si luego duele por todo el cuerpo es porque está bien hecho. Sonríes. Parece que te atropelló un puto maratón de educación física. Nada visible, siempre te aseguras antes de salir. Pero estás exhausta. Por delante ocho, nueve horas de oficina. Necesitas dormir. Necesitas que aparezca alguien, un alma caritativa que te acaricie la cabeza y te diga: anda, vete a casa, yo me ocupo de todo, toma un baño, descansa, no pienses demasiado en anoche, no pienses demasiado en nada, mucho menos en arrepentimientos, vamos, recoge tus cosas, dale, en serio, yo me encargo, no seas boba muchacha, te prometo que el trabajo aún seguirá aquí mañana, deja de sentirte así, no es importante, nada lo es. Lo que el alma caritativa no sospecha es que en casa no estarás a salvo. La memoria se fue acumulando todo este tiempo y la casa es un arenal, canta Drexler. Lo que el alma caritativa no sabe es que es precisamente eso lo que te salta en el estómago: que no sea importante, que nada lo sea. La segunda vez que despertaste quisiste huir, recoger las ropas estrujadas del suelo y largarte de allí, antes de poder distinguir entre las sombras siquiera un detalle de la habitación, nada que te martille luego la cabeza y te haga querer regresar. Un libro, un disco, esa manera de disponer las cosas y la vida. Ya bastante tienes con todo lo demás. Ya bastante tienes con la certeza de que nada de esto tiene significado para nadie. Ni siquiera para las personas que te tropezaste al intentar buscar la puerta de la calle para largarte de una vez. Buenos días y adiós, un placer conocerla, señora. Si lo piensas bien ni siquiera te acuerdas de ese rostro que te miró de arriba abajo con pena. Sí, era pena, estás segura. Pero qué le vas a hacer. Un último beso en la puerta y se fue todo el creyón, lo siento, siempre lo hago, y lo limpias torpemente antes de dar la espalda y bajar las escaleras. Por primera vez ninguno de los dos dice nada. Ni siquiera el nos vemos en estos días que tanto te exasperaba de sus mensajes de texto. Y te jode. Te jode mucho estar pensando en eso horas después, sentada en la oficina, con montañas de cosas por hacer. Sales al patio y enciendes un cigarrillo. Ha vuelto el temblor a la mano derecha. Es un temblor ligero, casi imperceptible a todo el mundo. Pero tú sí puedes sentirlo. Te recorre desde la punta de los dedos hasta los pulmones, mira a ver tú cómo es eso posible. Es el alcohol de anoche, es el tabaco de anoche, te dices, y lo olvidas hasta que desaparece. You need to get your shit together, dice el chat y estás de acuerdo, completamente, you are right my dear, eso es exactamente lo que pienso hacer, y te desconectas. Editas tres textos, cuatro, cinco. Quemas las horas que te van quedando en internet buscando fotos para graficar esos textos. Repasas los highlights de la madrugada: sus manos, palabras. El miedo, viscoso, se adhiere a ti y esta vez no intentas despegarlo. Lo dejas hacer. Si ha pasado tanto tiempo ya es amor, dice el chat que has vuelto a conectar, deberías escribir algo. Ficción, deberías escribir ficción y ponerle un título de verdad, basta ya de la mierda esa de enumerar sin títulos.

Sin título (4)

Hundo la cara en la almohada (la almohada, como la toalla, como los bordes de la sábana y las camisas, se ha tornado rosada) y me pregunto. Vierto la cafetera íntegra en una sola taza y endulzo —de más— el primer café del día. Enciendo un cigarro y cruzo las piernas, sostengo la taza entre los dedos algunos minutos, así la cerámica no me quema los labios, y soplo. Una, dos, tres, cuatro veces, y luego sorbo.

Visto una camiseta blanca tres veces mi talla que me cubre hasta la mitad del muslo,y mientras busco una canción en el teléfono para acompañar el café, me pregunto si te habrás dejado la barba otra vez. Repaso las líneas de mi más reciente tatuaje y pienso que debo afeitarme —esta misma tarde, me digo—, y sorbo. Abro Chicle, de Legna Rodríguez, y leo seis versos:

Todo el mundo se lamenta/ yo quería que mi lamento/ fuera unimembre/ yo quería ser/ el lamento omitido/ pero no lo logré,

y me pregunto si te pica la cara, si aún es áspera o ya se ha vuelto suave, por los días que hace.

Tu barba que no es exacta a tu pelo. Que hasta llegar a casa no podía peinar con mis dedos (por si la gente, por si el tráfico, por si las ganas, por si este es el último cigarro). Que durante aquellos días —19—, imaginé más pareja, más adulta, más mía de lo que en realidad fue; y que después de aquellos días —19—, habías aclarado del todo, y yo te dije que no importaba, que me gustaba más así y tú me dijisteque ya crecería de nuevo.

Luego todo cambió. No hubo más barba que la sombra de un par de días sin afeitar. Reiniciamos como quien echa en una mochila dos mudas de ropa y un cepillo de dientes, porque el viaje será corto y apenas se saldrá del lugar donde se va a dormir. Cuando uno se enamora es del carajo, me dijiste una madrugada, y yo apagué la luz, en silencio, porque no había mucho que decir a esas alturas y aun así tú acababas de decir aquella barbaridad.Recuerdo muy bien esa noche. Yo te había esperado con una saya corta y una camiseta negra, y comimos natilla con caramelo. Tú me dijiste que alguna vez habías pensado en llamar Santiago a un hijo tuyo. Y me leíste una canción. Yo dije que sin dudas mis hijos se llamarían Ana y Santiago pero que era mejor cambiar de tema.

Continuamos como quien solo regresa al pueblo donde nació los fines de semana, con la misma mochila, que cada vez pesa menos. Hasta que una mañana, sin pertenecer todavía a otro sitio, abotonaste la camisa —era de flores, y dijiste que si alguien te preguntaba responderías que venías de tocar con Alain Pérez—, y te fuiste dejando las llaves en el suelo. Me pregunto si te acuerdas.

Idea

Nadie ha escrito un texto más completo sobre Idea Vilariño que Leila Guerriero. Que no la conoció jamás. Que leyó su poesía toda y supo por sus versos que la vida de Idea fue la vida de Onetti. Nadie ha contado mejor en un texto cómo la vida de una mujer —que dejó una nota prohibiendo cruces en su entierro— fue la vida de un hombre.

Nadie, y aun así.

Me sedujo, al instante, leerla consumirse en cada estrofa. La desesperación de quien ama, incluso, mutilado el amor (En lo hondo/ olvidado/ late intacto/ el muñón/ doliendo sordamente), la paciencia (Estoy aquí/ en el mundo/ en un lugar del mundo/ esperando/ esperando./ Ven/ o no vengas/ yo/ me estoy aquí/ esperando.), la conformidad con lo poco que se ofrece (Yo no te pido nada/ yo no te acepto nada./ Alcanza con que estés/ en el mundo/ con que seas/ me seas/ juez y dios./ Si no/ para qué todo.), y la aceptación del fin (Qué lástima/ que sea solo esto/ que quede así/ no sirva más/ esté acabado/ venga a parar en esto./ Qué lástima que no/ pudiéramos/ sirviéramos/ que no sepamos ya/ que ya no demos más/ que estemos ya tan secos./ Qué lástima/ qué lástima/ estar muertos/ faltar/ a tan hondo deber/ a tan preciada cita/ a un amor tan seguro.). Y todo de nuevo.

Y Onetti que reaparecía para revolver su vida y su poesía y su enfermizo cuerpo que amenazaba con quebrarse al menor suspiro y en cambio se erguía lo suficiente para parir otro grito: (…) Te estoy llamando/ amor/ como al destino/ como al sueño/ a la paz/ te estoy llamando/ con la voz/ con el cuerpo/ con la vida/ con todo lo que tengo/ y que no tengo/ con desesperación/ con sed/ con llanto/ como si fueras aire/ y yo me ahogara/ como si fueras luz/ y me muriera (…).

Y me pregunto qué pudiera decir yo de esa mujer —yo, que tan solo he leído de ella los poemas que he podido encontrar, que he bebido del perfil que la argentina escribiera de la uruguaya muchas veces y aun así no soy capaz de comprender su vida del todo, yo que le temo y sueño con un amor que me haga cenizas las uñas y me nazcan palabras que juntas, tan solo juntas, sean la mitad de hermosas que su Sabés, o su Seis, o esa fiera que es Ya no. Decir a la gente: “somos dos monstruos”. Y sonreír—. ¿Qué pudiera decir yo?

Que sus hermanos se llamaron Alma, Azul, Poema y Numen, pero eso todo el mundo lo sabe. Que hay quien piensa que no se enamoró realmente de Onetti, que no lo quiso tanto como escribió, y que todo fue un asunto literario, pero eso también se sabe. Que le dedicó un libro entero a él y, años más tarde, rota, borró la dedicatoria. Todo eso se sabe y, sin embargo, es lo que yo puedo decir.

Entonces callo. Me refugio en ella, mejor. Repaso dos y tres veces el único libro suyo que poseo, fechado, para mí, en La Habana, el 20 de febrero de 2016. “Prestado con carácter permanente a Diana Ferreiro”, dice en tinta negra.

Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme./ Nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ (…) ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar./ (…) No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.

Y me callo.

Para olvidar, la Joplin

Quiero escribir —el Kozmic blues de Janis de fondo— un post que no me recuerde a nadie. Que no suba por mis piernas ni me sujete las manos a la altura de mi cabeza ni me deje huellas difíciles de ocultar con tanto calor. Que no me habite en forma alguna, ni siquiera en forma de canción de Santiago (especialmente no en forma de canción de Santiago) y que, una vez publicado, no me asedien sus dedos ni sus ganas en plena madrugada.

Pero de vuelta al ciclo toca olvidar. Por tanto los recuerdos vendrán, incluso, desde posts sepultados ya en los archivos de este blog. Posts de domingos y lluvia y cosas que hoy me parecen ridículas, como algún día me parecerá ridículo este post y todos los Sin título.

El caso es que, puestos a olvidar, cada cual sigue sus rutas. Y está bien. A uno le funciona lo que a uno le funciona. Hay quien tiene un plan B, por ejemplo, que no le gusta tanto, pero que no le permite pensar demasiado. Hay quien borra contactos e historial de llamadas. Hay quien prefiere no volver a hablar del tema. Hay quien cambia de lugar favorito en la ciudad solo para no coincidir. Hay quien tiene mucho trabajo y eso le ayuda. Y hay quien no tiene nada y tarda demasiado en desprenderse.

Yo, por suerte, tengo a Janis. Y es curiosa, esta relación nuestra, porque el resto de la vida Janis no es más que cuatro o cinco temas de las Essential songs en mi playlist. Pero cuando el ciclo me envuelve, de vez en cuando, siempre es ella. De arriba abajo. Últimamente he intentado también con Santiago, pero hay algo en la garganta de esta mujer que me destruye cada vez y —voilá— eso es lo que necesito cuando preciso olvidar.

Santiago me mata. No vaya nadie a dudarlo. Pero para que entiendan, Janis Joplin me ata a una silla, me amordaza y me hace evocar un instante a la vez horrendo y feliz que trato de alargar mientras dure la canción. Y sabe muy bien en qué orden hacerlo.

Comienza con Down on me, que me pone de un humor extraño, medio presumida, qué sé yo, para caer sin aviso en Piece of my heart, que ya comienza a reventarme las sienes, y no para más hasta Ball and chain, Me and Bobby Mcgee, motherfucker Summertime (con el mismísimo Jimy) y así sucesivamente, cafetera y media mediante, para aguantar lo que viene. Y lo que viene se llama:

To love somebody

La-madre-de-todas-las-canciones-para-olvidar-a-lo-Janis, que es como le llamo yo a este juego sado de rock and roll y blues y sobredosis a los 27.

There’s a way, oh everybody say/ You can do anything, everything, yeah/ But what good, what good/ Honey, what good could it ever bring/ ‘Cause I ain’t got you with my love/ And I can’t find you babe, no, I can’t.

You don’t know, you don’t know what it’s like/ No you don’t, and you never did/ You don’t know what it’s like/ To love anybody/ Oh honey, I wanna talk about love/ And trying to hold somebody when you´re lonely/ The way I love you, babe/ And I’ve been loving you.

Luego pónganlo en su voz y si tienen saldo escríbanme un sms.

Janis Joplin tres veces al día, como los antibióticos. Descansar siete, y repetir. Esa es la fórmula.

Aunque en realidad, yo quería empezar este post diciendo que leí hace poco en una novela de Juan Tallón que uno no llega jamás a donde quiere sin haber tocado fondo antes. Y ya ven.

Pie de firma

(Que sepas que al filo de las nueve de la noche del lunes he borrado cuatro oraciones que comenzaban hablando de ti.)

(Que entiendas que la anterior la he dejado porque me he prometido que a partir de las nueve de la noche cualquier cosa que llegue yo a escribir servirá para aplacar esta pesadez que tengo en el estómago desde el sábado, aún si no la publico.)

(Y si la publico estará bien, porque será quizás la única manera de que no la leas.)

(Que desde el jueves dieciséis de febrero tengo, encima de la cadera derecha, una grieta a donde van a parar todos los dolores que me van cayendo encima.)

(Que —por pura casualidad— no la abriste tú, sino un golpe que me dieran en la 174, y que todo el dolor que entra a mi cuerpo se aloja allí sin que nadie sea capaz de explicarse cómo o por qué.)

(Que si, puestos a ejemplificar lo anterior, quisieras dejar una huella en mi espalda, en su lugar amanecería yo con una dolencia en esa cadera, que se iría matizando con el paso de los días en una escala de morados, verdes y amarillos.)

(Que el dolor ha comenzado a actuar como el parásito que en definitiva es, y se ha ido alimentando de ti.)

(Que no tengo ya fuerzas para expulsarlo. Ni ganas. Ni excusas.)

(Pero quédate, es sólo otra punzada de morir, es el amor con tanta soledad, es otra cicatriz de estar aquí, es descubrirte el miedo y descubrirte a ti, dice Santiago pero a estas alturas yo no quiero quedarme más.)

(Y esa es mi firma.)

SIN TÍTULO (3)

Cuando mi padre me dijo que había logrado vender la máquina de escribir me costó volver a mirarlo a los ojos por unos minutos. Me tomó por sorpresa porque ni siquiera sabía que había estado intentando venderla. Me decepcionó el precio: trescientos pesos.

Pensé que el día que yo encontrara una máquina de escribir como la de mi padre por trescientos pesos sería un día maravilloso.

Pensé en el tipo que ahora debía tenerla. Podía ser una mujer, pero no pensé en esa posibilidad.

Pensé en qué podría haber gastado mi padre los trescientos pesos que hubiese valido la pena deshacerse de aquella máquina verde con todo y su estuche. Pero preferí no preguntarle.

A fin de cuentas, me dije después, ¿qué iba a hacer yo con aquella máquina? Ciertamente escribir no. Pero hubiese quedado perfecta en alguna pared de mi (futuro) apartamento, o encima de una mesa armada con otras mesas y rodeada de libros y fotos. O para sentarme frente a ella con un cigarro y una taza blanca de café—aquí va un selfie con filtro en sepia—, los sábados lluviosos de mayo. La podríamos usar, incluso, para dejarnos pequeñas notas de vez en cuando mientras nos amemos y eso. Mira tú cuántas cosas que no incluyen escribir. Escribir de verdad, en plan narrativo o poético o periodístico o ensayístico o dramatúrgico o por ahí para allá una pila de géneros más. No.

Esta máquina de escribir, verde ella, donde tecleé una vez durante horas un trabajo práctico de Historia y un concurso literario para niños, a ver si me entiendes, reposaría allí como símbolo de mi niñez. Sería, junto a mis libros y la reproducción de Servando Cabrera que deja ver cómo le quito a mi madre, lo único que me quedaría por traer de allá cuando sea la hora.

Que estés tú al menos, ahora que la máquina no está más. Eso bastaría.

SIN TÍTULO (2)

He querido contar y no me ha salido.

Digo que he querido contar y he enviado la hoja a la papelera sin una palabra que reciclar.

Digo que he querido amarrar unas cuantas perras negras de manera que cobren sentido —un sentido específico, se entiende—, y he terminado repasando los highlights de The wire, buscando ayuda.

Y luego he vuelto a querer. Y me han dolido los ojos, porque ya no asimilo la vida sin estos +050-050×180°  +050-050×45°. Y ahí vamos.

He preguntado y le pasa a todo el mundo. Pero es difícil conformarse con una mierda de esas. Con ser igual a todo el mundo.

He querido actualizar este blog. Y esto es lo que salido. Para que vean qué mal ando.

Sin título (1)

Suena Roly.

(No esperes que vuelva que no me iré nunca,/ siempre caigo en brazos de quien me deslumbra/ desmayado de hambre y de sueños también/ buscador de miel sin renuncia./ Estoy tocado por tu olor/ para reverdecer/ me da el pistilo de tu olor/ con la estocada, el ser./ Estoy tocado por tu olor/ me ciega el resplandor,/ de tu fragancia natural minero soy./ No esperes que vuelva que no me iré nunca,/ siempre caigo en brazos de quien me pregunta/ por el par de niños que quiero tener/ y aprendo y me entrego a crecer./ Busca en tus deseos y si no me he ido/ seguiré en tus brazos orgulloso y vivo,/ creando las plumas para revolver/ plumas que has trocado en placer.)

Y pienso que debiera existir una ley, la sección b de algún decreto o artículo, PRIMERO: que prohíba la insolente permanencia de tu olor en mi almohada; SEGUNDO: o las marcas de tus dedos en mis piernas (que, si lo piensas un poco, es también una manera de dejar tu olor regado por aquí). Prepara una bolsa donde quepan también todas las canciones -todas, todas- y el poema que Idea Vilariño te escribió una vez. Déjame La ilusión, de Santiago, y llévate hasta las fundas si es preciso, porque me niego a despertar con tu olor sobre los párpados. Pero cuida que no pese demasiado, porque habrás de traer la bolsa contigo cada vez que vengas. Iremos cambiándola según nos plazca.

Y pienso que debieras firmar debajo de mí, si estás conforme.

Solo digo que debieras. Me parece lo más lógico, a estas alturas.