De cómo la tinta alcanzó a la carne

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Los primeros trazos lucharon contra las ganas de retroceder, de mantener la epidermis virgen de tinta y evitar el dolor. Porque en ese momento te duele todo. El pecho. Las uñas de los pies. La espalda. Y la cabeza. Pero sobre todo las piernas. Es como si perdieras el control de las piernas y te temblaran a ratos, mientras cientos de agujas penetran a un tiempo para lograr la perfecta simetría del dibujo. Y el ruido es insoportable. Por eso llevas audífonos, y te niegas a hablar para no contraer ningún músculo. Seguramente te dijeron que si te concentrabas bien la piel se dormía y dejarías de sentir. Supongo, por la sangre en tu labio inferior, que acabas de descubrir la mentira. El dolor es el mismo, no hay respiro. Continúa leyendo De cómo la tinta alcanzó a la carne

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