nostalgia

Idea

Nadie ha escrito un texto más completo sobre Idea Vilariño que Leila Guerriero. Que no la conoció jamás. Que leyó su poesía toda y supo por sus versos que la vida de Idea fue la vida de Onetti. Nadie ha contado mejor en un texto cómo la vida de una mujer —que dejó una nota prohibiendo cruces en su entierro— fue la vida de un hombre.

Nadie, y aun así.

Me sedujo, al instante, leerla consumirse en cada estrofa. La desesperación de quien ama, incluso, mutilado el amor (En lo hondo/ olvidado/ late intacto/ el muñón/ doliendo sordamente), la paciencia (Estoy aquí/ en el mundo/ en un lugar del mundo/ esperando/ esperando./ Ven/ o no vengas/ yo/ me estoy aquí/ esperando.), la conformidad con lo poco que se ofrece (Yo no te pido nada/ yo no te acepto nada./ Alcanza con que estés/ en el mundo/ con que seas/ me seas/ juez y dios./ Si no/ para qué todo.), y la aceptación del fin (Qué lástima/ que sea solo esto/ que quede así/ no sirva más/ esté acabado/ venga a parar en esto./ Qué lástima que no/ pudiéramos/ sirviéramos/ que no sepamos ya/ que ya no demos más/ que estemos ya tan secos./ Qué lástima/ qué lástima/ estar muertos/ faltar/ a tan hondo deber/ a tan preciada cita/ a un amor tan seguro.). Y todo de nuevo.

Y Onetti que reaparecía para revolver su vida y su poesía y su enfermizo cuerpo que amenazaba con quebrarse al menor suspiro y en cambio se erguía lo suficiente para parir otro grito: (…) Te estoy llamando/ amor/ como al destino/ como al sueño/ a la paz/ te estoy llamando/ con la voz/ con el cuerpo/ con la vida/ con todo lo que tengo/ y que no tengo/ con desesperación/ con sed/ con llanto/ como si fueras aire/ y yo me ahogara/ como si fueras luz/ y me muriera (…).

Y me pregunto qué pudiera decir yo de esa mujer —yo, que tan solo he leído de ella los poemas que he podido encontrar, que he bebido del perfil que la argentina escribiera de la uruguaya muchas veces y aun así no soy capaz de comprender su vida del todo, yo que le temo y sueño con un amor que me haga cenizas las uñas y me nazcan palabras que juntas, tan solo juntas, sean la mitad de hermosas que su Sabés, o su Seis, o esa fiera que es Ya no. Decir a la gente: “somos dos monstruos”. Y sonreír—. ¿Qué pudiera decir yo?

Que sus hermanos se llamaron Alma, Azul, Poema y Numen, pero eso todo el mundo lo sabe. Que hay quien piensa que no se enamoró realmente de Onetti, que no lo quiso tanto como escribió, y que todo fue un asunto literario, pero eso también se sabe. Que le dedicó un libro entero a él y, años más tarde, rota, borró la dedicatoria. Todo eso se sabe y, sin embargo, es lo que yo puedo decir.

Entonces callo. Me refugio en ella, mejor. Repaso dos y tres veces el único libro suyo que poseo, fechado, para mí, en La Habana, el 20 de febrero de 2016. “Prestado con carácter permanente a Diana Ferreiro”, dice en tinta negra.

Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme./ Nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ (…) ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar./ (…) No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.

Y me callo.

SIN TÍTULO (3)

Cuando mi padre me dijo que había logrado vender la máquina de escribir me costó volver a mirarlo a los ojos por unos minutos. Me tomó por sorpresa porque ni siquiera sabía que había estado intentando venderla. Me decepcionó el precio: trescientos pesos.

Pensé que el día que yo encontrara una máquina de escribir como la de mi padre por trescientos pesos sería un día maravilloso.

Pensé en el tipo que ahora debía tenerla. Podía ser una mujer, pero no pensé en esa posibilidad.

Pensé en qué podría haber gastado mi padre los trescientos pesos que hubiese valido la pena deshacerse de aquella máquina verde con todo y su estuche. Pero preferí no preguntarle.

A fin de cuentas, me dije después, ¿qué iba a hacer yo con aquella máquina? Ciertamente escribir no. Pero hubiese quedado perfecta en alguna pared de mi (futuro) apartamento, o encima de una mesa armada con otras mesas y rodeada de libros y fotos. O para sentarme frente a ella con un cigarro y una taza blanca de café—aquí va un selfie con filtro en sepia—, los sábados lluviosos de mayo. La podríamos usar, incluso, para dejarnos pequeñas notas de vez en cuando mientras nos amemos y eso. Mira tú cuántas cosas que no incluyen escribir. Escribir de verdad, en plan narrativo o poético o periodístico o ensayístico o dramatúrgico o por ahí para allá una pila de géneros más. No.

Esta máquina de escribir, verde ella, donde tecleé una vez durante horas un trabajo práctico de Historia y un concurso literario para niños, a ver si me entiendes, reposaría allí como símbolo de mi niñez. Sería, junto a mis libros y la reproducción de Servando Cabrera que deja ver cómo le quito a mi madre, lo único que me quedaría por traer de allá cuando sea la hora.

Que estés tú al menos, ahora que la máquina no está más. Eso bastaría.

Sin título (1)

Suena Roly.

(No esperes que vuelva que no me iré nunca,/ siempre caigo en brazos de quien me deslumbra/ desmayado de hambre y de sueños también/ buscador de miel sin renuncia./ Estoy tocado por tu olor/ para reverdecer/ me da el pistilo de tu olor/ con la estocada, el ser./ Estoy tocado por tu olor/ me ciega el resplandor,/ de tu fragancia natural minero soy./ No esperes que vuelva que no me iré nunca,/ siempre caigo en brazos de quien me pregunta/ por el par de niños que quiero tener/ y aprendo y me entrego a crecer./ Busca en tus deseos y si no me he ido/ seguiré en tus brazos orgulloso y vivo,/ creando las plumas para revolver/ plumas que has trocado en placer.)

Y pienso que debiera existir una ley, la sección b de algún decreto o artículo, PRIMERO: que prohíba la insolente permanencia de tu olor en mi almohada; SEGUNDO: o las marcas de tus dedos en mis piernas (que, si lo piensas un poco, es también una manera de dejar tu olor regado por aquí). Prepara una bolsa donde quepan también todas las canciones -todas, todas- y el poema que Idea Vilariño te escribió una vez. Déjame La ilusión, de Santiago, y llévate hasta las fundas si es preciso, porque me niego a despertar con tu olor sobre los párpados. Pero cuida que no pese demasiado, porque habrás de traer la bolsa contigo cada vez que vengas. Iremos cambiándola según nos plazca.

Y pienso que debieras firmar debajo de mí, si estás conforme.

Solo digo que debieras. Me parece lo más lógico, a estas alturas.

 

 

 

 

 

Retrato de domingo

Siempre que caen los domingos —crueles bestias enfermizas— y despierto tarde, más tarde que de costumbre y se juntan horarios, me invade los huesos un cansancio inofensivo pero obstinado que se queda hasta la madrugada. Paso las horas acostada, leo un par de libros que he ido dejando en la mesa de noche y que de tanto tiempo allí se creen adornos, y me pongo al día con alguna serie.

Duermo a ratos.

O eso intento, porque el Cerro es un barrio desalmado cuando se trata de dejarte descansar los mediodías, y al poco me levanto y bajo a hacerme un café. Y pienso. Pienso todo el tiempo en cosas que ya no tienen remedio, en cosas que debería haber olvidado para estas fechas, o en cosas tan inútiles como un amante online, por ejemplo. A veces sueño con mis abuelos y entonces pienso también en ellos. De cómo siempre los sueño vivos y esas cosas.

Otras veces un poco en ti. Porque me ha costado mucho descifrarte y aún no sé qué me ata. He pensado que pudiera ser la voz. Y sé que suena súper loco, pero así hablemos de pelota en tu voz siento como un alivio, y se me antoja un lugar de descanso, un lugar donde perderme.

Y luego una tiene que pensar, por fuerza, en los lunes, que son unos bichos azules con otra clase de crueldad. Calculadora, inevitable. La de los domingos es más bien un poco inocente a inicios de la mañana, pero hacia la media tarde se torna sombría, husmeando dentro de una, poniendo a la vista recuerdos y nostalgias y creando fieros espejismos de almuerzos en familia y siestas con los sobrinos encima de ti, que te obligan a respirar muy despacio para no despertarlos.

El domingo deriva entonces —como este post— en un grito melancólico que comienza a menguar en la noche, con la cocina en orden y la misma lista de reproducción una y otra vez desde el cuarto. Y luego ya nada más.

Uno menos.

Seis días a partir de mañana.

Lluvia

Busco una frase para inciar la conversación, porque diez minutos de mirarnos por encima de los libros y el teléfono bastan para exasperarme. Sobre todo cuando hay tanto por decir y afuera llueve a torrenciales. Hablamos vagamente de la lluvia, el café y lo mucho que estás fumando últimamente. Menciono un par de textos de Leila que me han removido algunas cosas en la vida -tú una de ellas, pero esto no te lo digo, esto lo pienso y bajo los ojos unos instantes-, y de la tercera temporada de Twin Peaks que están empezando a filmar. Hablo mucho de mí y del cansancio que ya se hace crónico, y del blog que me enseñaron hace unas semanas y que ya no leo porque me sabe demasiado a Cortázar -y a ti, pero esto también me lo callo. Por Cortázar me ha dado últimamente, lo leo los sábados por la tarde, mientras la ropa y la casa se secan al mismo tiempo, y se me llena el cuarto de conejitos.

Todo el rato he hablado solo yo, pero no importa, estoy limpiando las ganas de leerte esos textos espectaculares que encuentro por ahí y no puedo compartir en Facebook, porque solo tú podrías sentir lo que yo al leerlos, y no quiero que la gente los repueble con comentarios y enlaces y emoticones. Porque es como si en ellos habitáramos en alguna forma extraña de narrativa que no escogimos, y nos nacieran sinónimos y preposiciones y símiles por todas partes. Y metáforas, claro. No seríamos nada sin metáforas, Horacio.

Tal vez debiera empezar la conversación con una, pero no me sale nada. Busco dentro. Nada. Se me ocurre que este vacío que sigue creciendo no matters what, es la mejor metáfora que me has regalado. Pero no digo nada. No dices nada. Volvemos al libro y al teléfono. Afuera llueve menos. Pero llueve.

Cómo

Leo por estos días el final de Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, y una frase me parte en dos. ¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? se pregunta la Loca del Frente mientras recoge sus cosas para escapar —supongo— al exilio; y entonces me da por pensar en las cosas, en la gente que no he vuelto a ver en años, pero sobre todo en las cosas y en la gente que no volveré a ver nunca. De todas ellas, quizás lo único que miré a sabiendas de que era la última vez que lo hacía fue a mi abuelo materno, mientras le sostenía la mano para que el suero no saliera de la vena una madrugada pegajosa de agosto hace un par de años. Pero sin saber muy bien cómo. Sin saber muy bien con qué quedarme. Minutos antes del final creo que pude haber mirado muy despacio las arrugas de la frente o la mueca que iban adoptando los labios, pero la verdad es que no lo recuerdo. Recuerdo que lo miré mientras moría y que casi caigo al suelo por el peso de mi madre, que se desvaneció fuera de la sala con la noticia. Entonces ¿cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿cómo evitas el llanto que te sube desde el estómago? ¿cómo te salvas? (¿cómo, Leila, salvarse uno mismo de mirar por última vez, sin rizos acomodados, ni parques, ni fotografías, ni músicos detrás de los arbustos?)

Aunque no esté de moda

café y cigarros

Sin apenas notarlo, colándose de a poco desde la tarde hasta avanzada la madrugada, el fin de año se volvió Silvio. Sueño que llegó con En el claro de la luna, pero se disuelve entre tanto humo y café colando mientras nos acomodábamos en el balcón justo a la hora en que el Escambray hacía como que nos tapaba el sol. Es raro, porque no puedo decir con certeza cuándo sonó Réquiem, o Yo digo que las estrellas, ni siquiera Ángel para un final, pero ahora mismo se me ocurre que pudiera describir el momento exacto, el instante preciso, en que escuchamos Te amaré y Te doy una canción. El volumen de aquella voz que me preguntó cuál era mi preferida, como si uno tuviese permitido discernir entre tanta poesía sin tener muy claro cómo llegó a su vida. La disposición casi exacta de aquellos rizos, mil veces reacomodados para entonces. Un cigarro gastándose inútilmente junto a la taza de café con leche ya frío, despreciable…

Las mañanas, en cambio, se le resistían. Logré que pasaran con algunos temas de Drexler —de Eco y de Vaivén y algo de 12 segundos de oscuridad—, pero apenas se anunciaba la tarde, corrían desesperadas las notas de Pequeña serenata diurna y El dulce abismo y Sueño con serpientes y Mariposas. Incluso Tu imagen, que no es una canción para la tarde y hace unos años tampoco la soporto a oscuras.

A veces dejaba Historia de la silla para el final, porque me recuerda demasiado una época que se me escurrió de madrugada junto a un par de guitarras y un parque en el que no me he vuelto a sentar desde entonces. Para las demás, el orden nunca importó. Se contentaban con salir del reproductor a la caza de algún sentimiento aparentemente olvidado en un rincón de la ciudad, que ellas rastreaban certeras para devolverlo por un par de segundos a estas ganas enquistadas de estar en otro lugar. Luego otro café. Y cigarros. Y el miedo a que se me haya enquistado también Silvio y no me haya dado cuenta hasta ahora.

Reencuentros

Seis meses puede ser, si se quiere, mucho tiempo. Te vas -o te quedas-, dejas de visitar ciertos lugares o de caminar por las mismas calles y el tiempo hace el resto. (El tiempo puede, incluso desdibujar rostros y enterrar sensaciones).
Pero si al cabo de esos ciento ochenta y pico de días uno coincide con los mismos ojos y las mismas bocas y los mismos brazos que ahora se estiran y te envuelven y te acarician la espalda, entonces le caen a uno seis años de tristeza encima y de nostaliga por esos ojos y esas bocas y esos brazos.
Y también mucha alegría. La celebración de un aniversario, por importante que sea, pasa a un segundo plano ante Martica, que al fin se está haciendo santo, y Yosmel, que en breve terminará con la compañía, y Mario Sergio que te salió al paso con mucho menos pelo del que recordabas pero con la misma mirada suave y tierna de la última vez.
Te sientas entonces y paseas la mirada. Ya nadie cumple años aquí. Aquí se celebra que Lisbeth ya no tiene el pelo rojo, o que Norge y Thais siguen juntos, al igual que Laura y Alberto, y que Gabriela es nieta de Lorna y hoy nadie para de hablar de Lorna y entonces Yeni le dice aplaude niña y Gabriela esconde también las manos debajo de las gafas, y no se deja mirar por dentro.
Ah, Leo, y qué decir del llanto que tuve que contener al verte subiendo las escaleras, respirando vida, huyendo del sol, tan maternal, Leo, tan preocupada por mis líos, tan hermosa…
Seis meses es un montón de tiempo, y parece como el primer día. Las mismas manos sudorosas, el mismo dolor de estómago, las mismas ganas de abandonarme a los tambores. Los mismos cigarros ahorrados para el café de Delia y la misma mirada ansiosa en las clases de foclor.
La única diferencia muchachos, es el cargo de conciencia por la tesis, que salió de milagro, porque no tuve el valor de escuchar a Manolo y ponerme yo también a bailar.

Santilé

???????????????????????????????
Y así, cuando todos pensaban que la villa se ahogaba debajo de las tejas y la balaustrada colonial, Sancti Spíritus llegó a los 500 años vestida de limpio y conjugando, como siempre ha hecho, tradición y modernidad. Cinco siglos es mucho tiempo y la ciudad lo sabe. Se la ve silenciosa por estos días de celebración, escurriéndose entre los aleros y los guardavecinos del centro histórico, observando de lejos la algarabía del aniversario. Demasiados hijos regados por el mundo, debe pensar. Demasiados que se han ido para no regresar. Y al decirlo se da cuenta de que en voz alta suena aún más triste, sabe más a soledad.

Olores

DSC06300
Cada vez que llego a Sancti Spíritus lo hago francamente agotada. Como si las ganas de oler la casa se me acumularan en las articulaciones o me cayera sobre las sienes el peso de tantos días ausente. Mi casa, cuando yo llego a Sancti Spíritus, huele a frijoles recién sazonados, a niño, a crayolas y temperas húmedas, a cuero de chivo, a ropa limpia, a sol, a cilantro y a café colando. Suelto la mochila en medio de la sala y me sirvo un vaso de agua de la pluma, que es como los espirituanos llamamos a la pila. El agua en Sancti Spíritus sabe siempre igual, a lluvia clara y a patio. A Yayabo crecido y a montaña.

Parece que ya va siendo hora de regresar, porque por estos días comienza a faltarme el aire o es la necesidad, creciente con el cumpleaños 500 de Santilé, de acariciar las paredes impregnadas de malanga batida, talco Johnson&Johnson, saliva, goma y caucho para morder, y un aroma medio dulzón que no identifico hasta que hundo la nariz en un cuello diminuto y aspiro suavemente.

Desde aquí ya se huele la pintura de las fachadas, la cal del puente y la leche de chiva. Desde aquí se huele la villa, el sudor de los caballos, las guitarras de las noches y el ron.

Y el llanto, que sabe a nostalgia, a tierra mojada y a sala de hospital.